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Boletín CF+S > 15 -- Calidad de vida urbana: variedad, cohesión y medio ambiente > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n15/arfer.html

Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X


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El impacto de la globalización económica


En los últimos años el dominio del capital se ha ido haciendo cada vez más global. Su proyección mundial se intensifica, y muy pocos territorios y poblaciones escapan ya a su lógica depredadora. La mercantilización creciente de las distintas facetas de la vida afecta ya prácticamente a todos los ámbitos de nuestra existencia, en especial en los países del Centro. Y la capacidad por parte de las estructuras del poder para heterodeterminar la subjetividad humana, nuestras conciencias, a través de los mass media y la realidad virtual, alcanza cotas difíciles de imaginar. El capital transnacional productivo y, en concreto, el financiero especulativo, son los nuevos señores que operan, íntimamente relacionados y casi sin restricciones, en todo el planeta, diseñando un entorno institucional supraestatal (FMI, BM, OMC, OCDE, G-7, UE, TLC, APEC, Mercosur...) acorde con sus necesidades de acumulación y beneficio.

En este contexto, el papel del Estado se reestructura y se supedita a las nuevas lógicas del capital, perdiendo capacidad (y soberanía) para definir autónomamente su actividad. Esto es especialmente cierto en los países de la Periferia, y lo es cada vez más en los países de Centro, aunque algunos poderes estatales (EEUU, y en mucha menor medida Japón) o supraestatales (UE, p.e.) conserven todavía un considerable margen de maniobra, que no obstante se pone cada vez más al servicio del capital transnacional, pues es en éstos espacios donde se concentra el poder económico y financiero, y desde dónde se proyecta su capacidad de dominio sobre el mundo entero. Lo económico (el poder del dinero) se impone sobre lo político, de forma cada vez más clara. Este nuevo marco de funcionamiento está impregnado por las políticas neoliberales, y en él no tienen cabida las consideraciones humanas, sociales o ambientales. Todo se supedita a la lógica del mercado, la competitividad y el beneficio. Las víctimas de este "nuevo orden" son legión.

En la Periferia, del orden de mil quinientos millones de personas, setenta por ciento de ellas mujeres (de acuerdo con el BM), se encuentra en la pobreza y exclusión más absolutas [Wolfensohn , 1999], almacenándose principalmente en las megaciudades del Sur y en las metrópolis del Este. El resto de sus poblaciones urbanas (salvo una reducidísima minoría) sufre los programas de ajuste estructural que les imponen las instituciones financieras globales para hacer frente a una deuda externa en constante aumento, o lidiar con las crisis financieras que incentiva la libre circulación mundial de capitales. Por otro lado, las poblaciones rurales de importantes espacios del Sur ven desarticuladas sus estructuras sociales, sus tradiciones y sus formas de producción y consumo (de bajo impacto ambiental), viéndose obligadas a emigrar de sus territorios, como resultado de la expansión del dominio del Agrobusiness en el campo, que orienta su agricultura hacia la exportación, y la penetración paulatina en estas áreas de los productos de las transnacionales.

Mientras tanto, en los países de Centro las conquistas sociales y laborales, conseguidas tras más de cien años de lucha del movimiento obrero y de los distintos movimientos sociales, se desmantelan a través de la desregulación del mercado de trabajo y el desmontaje paralelo de la protección social que brindaba el Estado del Bienestar. Crecen, pues, el paro, y en concreto la precariedad y la exclusión social, en especial en las grandes conurbaciones, al tiempo que los bienes y servicios públicos (vivienda, sanidad, educación, transporte...) se privatizan, haciendo depender su acceso o disfrute de la lógica del mercado y del beneficio privado, es decir, del poder adquisitivo, perdiendo su carácter más o menos universal.

La disparidad en la distribución de la riqueza es cada día más extrema, tanto en el Centro como, fundamentalmente, en las Periferias Sur y Este. Y el creciente endeudamiento de personas, pequeña actividad productiva e incluso de las sociedades en su conjunto, conforma un mecanismo perverso que bombea la riqueza de abajo a arriba, lo que beneficia a una minoría progresivamente exigua a nivel mundial; en concreto, las élites del Centro y la Periferia, unas clases medias en retroceso en el Norte y sectores similares en proceso de práctica desaparición en el Sur y Este. En estas condiciones la democracia formal se convierte en una mascarada, pues se vacían de contenido los derechos civiles, políticos y sociales. Al tiempo que se desarrollan los instrumentos policiales y represivos de todo tipo para hacer frente a los comportamientos desordenados en ascenso, y que proliferan las mafias y el crimen organizado.

En un clima donde crece la vulnerabilidad a todos los niveles y donde se acentúa las salidas violentas como forma de resolución de conflictos, las mujeres ven como se vuelven a reforzar los mecanismos de opresión patriarcal (transhistóricos) y como se profundiza su debilidad estructural. Asimismo, la degradación del mercado laboral y el recorte de la protección social que brindaba el Estado del Bienestar incide especialmente sobre las mujeres, agudizando la feminización de la pobreza y haciendo retroceder los avances ganados en las últimas décadas en los países de Centro (en especial) en cuanto a la relación de géneros. En la Periferia, los Programas de Ajuste Estructural, del FMI y BM, tienen igualmente una acusada repercusión sobre las mujeres, entre otras medidas, al recortar bruscamente el gasto social. "La globalización es en sí misma androcéntrica. Sus valores son la competencia, el egoísmo, el individualismo, la compraventa, el beneficio por encima de todo, la razón instrumental y la ausencia de ética. La globalización obedece a la lógica de un solo género, e induce a pensar, sentir y funcionar en clave típicamente masculina" [Lamarca , 2000]. Además, "la globalización cabalga sobre unas estructuras sociales que las mujeres mantienen desde la 'economía invisible', por medio de millones de horas de trabajo doméstico y de cuidados (...) (Propiciando) una estructura familiar (que aunque en crisis) es utilitaria para el sistema, y está fundamentada en una lógica cualitativamente distinta (a la del mercado)" [Del Río , 2000].

Avanza, pues, la "corrosión del carácter" [Sennet , 1999], el sálvese quien pueda y el consumismo más atroz, mientras que, en paralelo, proliferan las crisis personales[1] y la infelicidad colectiva. En la "sociedad del espectáculo" [Debord , 1990] los individuos se relacionan entre sí a través del espectáculo, y en función de éste, configurándose una sociedad de masas, crecientemente atomizada y pasiva. La banalidad y el hedonismo insolidario de la sociedad del "entretenimiento" se consolidan, al mismo tiempo que progresa la decrepitud moral individual y colectiva. Lo cual crea el caldo de cultivo idóneo para la proliferación de toda suerte de comportamientos asociales, individuales y colectivos.

Todo ello va acompañado de unos impactos ecológicos en aumento. Pues no sólo el predominio de la actividad productiva en gran escala implica un consumo de recursos (no renovables) creciente y una imparable producción de residuos, con la consiguiente degradación-contaminación de los ecosistemas, sino que los procesos de globalización económica y la búsqueda ciega de competitividad están incentivando también una progresiva desregulación ambiental a escala mundial. Paradójicamente, en un momento en que los desequilibrios ecológicos adquieren una dimensión planetaria, la lógica de la mundialización impone un desmantelamiento de los tímidos instrumentos que intentaban paliar los impactos ambientales en ascenso, elaborados en los países de Centro en gran medida como resultado de la presión social de las últimas décadas. El "desarrollo sostenible", acuñado en la Cumbre de Río, no es sino un intento de maquillaje "verde" de la necesidad de crecimiento continuo que experimenta el actual modelo económico. Y está claro que no es viable la expansión irrefrenable en un ecosistema finito como es la biosfera.

Además, la globalización económica acelera los procesos de urbanización (y el consiguiente consumo de espacio y recursos) a escala planetaria, cuya intensificación se inició con la revolución industrial, y que alcanza ya a la mitad de una población mundial (de seis mil millones de personas) en pleno proceso de explosión demográfica (en el Sur)[2]. Dispara las necesidades de movilidad motorizada a todos los niveles, que aumentan a un ritmo sustancialmente superior al del crecimiento económico [GT 2000+ , 1993]. Y en suma, precipita la demanda de consumo energético no renovable (combustibles fósiles). Estas dinámicas, que no son sino la otra cara de la globalización económica, constituyen el núcleo duro de la insostenibilidad global del actual modelo económico y productivo.

Ramón Fernández Durán

Fecha de referencia: 27-03-2001


1:
En los últimos tiempos se asiste a un incremento generalizado y espectacular de desequilibrios y desórdenes interiores de toda clase: depresiones, insomnio, ansiedad, neurosis, anorexias, bulimias, ludopatías...
2: Este porcentaje era del 3% a principios del siglo XIX, del 15% a comienzos del XX y del 33% en 1950 [Beauchard , 1993], y se prevé que alcance a más del 60% de la población mundial en el 2025 [NNUU , 1996]. Asimismo, la globalización, al desarticular las sociedades del Sur y sus mecanismos internos de regulación demográfica, está contribuyendo también a que se dispare su natalidad [Harris , 1991]

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