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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
La discusión sobre criterios de sostenibilidad es todavía
demasiado genérica, afecta a los grandes temas, pero también
debería tener una reflexión en nuestro urbanismo cotidiano. En
esta conferencia quisiera reflexionar sobre la proliferación de
unos arquetipos de la ciudad actual, sobre la repetición de un
modelo, el modelo de la calle, el modelo de la plaza, el modelo
de la alcantarilla, que no resiste el más mínimo análisis desde
la perspectiva de coste energético, de recursos, ni tan siquiera
de beneficio social. Conviene que hablemos de los materiales que
utilizamos en nuestras calles, de las normas que aplicamos y de
los costes que implican, de las infrastruturas que consumen más
energía de la que transportan y de la presión a la que estamos
sometiendo al sistema a través de esta aparente ciudad bonita.
La Barcelona actual es la ciudad del automóvil, una ciudad
dispersa en el territorio que consume espacio de una manera
creciente cada día. El ritmo de producción de nuestra ciudad ha
sido absolutamente desaforado. En los últimos 25 años se han
urbanizado más hectáreas en el área metropolitana de Barcelona
de las que la ciudad había producido hasta los años 70, y este
dato resulta todavía más sorprendente si tenemos en cuenta que
la población no ha crecido más de un 18-20% durante este periodo.
Una ciudad de 4 millones de habitantes que ocupe 44.000 hectáreas
es una ciudad que ha perdido toda su compacidad, ya no es la
ciudad del ensanche, tan afortunadamente densa, tan versátil, tan
cargada de actividad, tan próxima, tan llena de información, tan
compacta. Este mito de que la densidad es mala nos ha llevado a
mitificar la ciudad dispersa y la proliferación del espacio se
ha hecho sobre la proliferación del sistema vial. Los urbanistas
habíamos estudiado que existía el modelo de ciudad europea
compacta y el modelo de ciudad latinoamericana dispersa, y en
este momento el aspecto físico y la organización de la Barcelona
real no se distingue mucho de Rio de Janeiro, Bogotá o Buenos
Aires.
Pero esta situación no es casual. En los últimos 10 años, desde
el 1988 al 1998, se han construido 500 Km de vías y calles en el
área metropolitana de Barcelona con una inversión de 300.000
millones de pesetas, y en este mismo periodo tan sólo se han
habilitado 8 Km nuevos de metro con un coste de inversión de
38.000 millones de pta. (compensado por un altísimo coste de
subvención a la explotación). Como resultado de esto, las pautas
de distribución del transporte en Barcelona ciudad se han
mantenido más o menos parecidas a las de hace 15 años pero el
porcentaje de utilización del vehículo privado para la movilidad
en el entorno de la ciudad se ha incrementado hasta el 70%, es
decir, que el ciudadano del área metropolitana está obligado a
coger el coche para ir a estudiar o al trabajo en un 70% de los
casos.
Si observamos el desarrollo de la energía que gastamos vemos que
desde el año 1975 Cataluña consume en media el doble de
kilotoneladas equivalentes de petróleo, pero el consumo parcial
de energía en transporte, la mayoría en transporte privado, se
ha triplicado. No podemos deducir de estas cifras que la política
viaria haya sido mala; la extensión de la red ha mejorado y ha
igualado los niveles de renta, ha creado nuevas centralidades,
ha permitido crear un tráfico más racional y por lo tanto también
ha permitido recuperar aceras o demoler viaductos. Pero el
desequilibrio en la inversión entre sistemas de transporte y la
falta de previsión en la extensión del sistema de transporte
público ha determinado que actualmente entren 3 veces más
vehículos en Barcelona que hace 20 años, y el Ayuntamiento de
Barcelona sólo ha respondido creando aparcamientos en el centro
de la ciudad o aparcamientos de disuasión tan cerca del centro
(Plaza de las Glòries) que evidentemente no resuelven el
problema.
El cálculo de la huella ecológica de la ciudad, o sea la cantidad
de territorio que una ciudad necesita para mantenerse en su ritmo
de desarrollo, ha revelado que Cataluña tiene un consumo de
territorio biológico (bosques, agricultura o espacios para la
renovación del CO2) de unas 2.25 hectáreas por habitante, que
tiene un territorio equivalente a su consumo de energía de una
hectárea por habitante y que la ciudad construida ocupa 0.05
hectáreas por habitante. Por lo tanto, nuestro modelo de
desarrollo tiene una huella ecológica de 3.3 hectáreas por
habitante, y cuando aplicamos estos parámetros al total de la
población vemos que Cataluña necesita un territorio de soporte
de 5 veces su extensión, lo cual evidencia que estamos
consumiendo mucho más espacio del que nos toca.
El gasto energético de Cataluña es parecido al gasto de países
con nuestro mismo nivel de renta pero en nuestro caso viene
acompañado por un gran desaprovechamiento que también es un buen
indicador del modelo de ciudad que tenemos. Producimos 900 Kg por
habitante y año de residuos de la construcción que provienen de
demoliciones pero también de material de construción nuevo que
ha sido mal utilizado o mal reciclado.
Y este es el punto dónde quisiera incidir para que estos residuos
no se separen ni se reciclen. Se podrían separar los metales y
ser utilizados para construir otras cosas, triturar los
materiales pétreos y los ladrillos para hacer hormigones,
utilizar los residuos de la madera para hacer conglomerados y
placas, utilizar los residuos plásticos para fabricar mobiliario
urbano, vallas o material aislante, triturar los neumáticos para
mejorar las mezclas asfálticas y utilizar los lodos de depuración
para hacer cerámicas. En otros paises ya se está haciendo. No
estamos hablando de materiales de fin de ciclo de vida como las
neveras o los coches que no son fáciles de reciclar, sino que
hablamos de los materiales de construción que podrían servir para
urbanizar y que no utilizamos simplemente porque no son bonitos,
porque nuestra urbanización está siguiendo un modelo que se
generalizó desde el periodo olímpico, que viene marcada
corporativamente por una cierta élite de los urbanistas y
arquitectos que sólo utilizan granito, acero inoxidable y una
gran proliferación de puntos de luz. La primera aberración de
este estilo fue la plaza Universitat; y el modelo del acero y el
granito se ha extendido por toda la ciudad, en la plaza Molina,
las plazas de las Corts y en las plazas de Ciutat Vella. No estoy
en contra del acero y el granito pero sí contra su generalización
como único mecanismo de urbanización, porque el granito no es
renovable ni reutilizable y es un recurso mineral escaso en
Cataluña. El acero tiene un coste energético de producción de
impacto medio-alto porque consume energía, produce residuos
metálicos que colaboran a toxificar las aguas residuales y a
acidificar el ambiente y que contribuyen al efecto invernadero;
por otro lado, es económicamente muy caro.
Aunque la ciudad haya ganado en espacios verdes se debería
cuantificar cuánto verde se ha perdido en esta transformación que
se basa en un criterio estético autocalificado de minimalista y
en dudoso criterio de disminuir la necesidad de mantenimiento.
Nadie se ha parado a estudiar sus mínimos efectos. Estamos
convirtiendo la piel de la ciudad en una especie de costra
impermeable donde ninguna gota de agua penetra en el suelo y eso
es grave porque perdemos humedad, perdemos riqueza en la capa
edáfica, perdemos capacidad de sostener vegetación y perdemos
recarga de los acuíferos porque este agua que cae no se filtra,
sino que es recogida por unos tubos que la llevan al mar o a las
depuradoras.
Las infrastructuras que soporta la calle son aspectos de la
urbanización menos evidentes pero que también hace falta
analizar. Estamos consumiendo el triple de asfalto que hace 20
años sólo porque las normas de firmes de carreteras han cambiado
y las aplicamos miméticamente a la ciudad. Estamos dimensionando
las alcantarillas para que soporten grandes lluvias de un periodo
de retorno de 100 años, pero como las depuradoras deben funcionar
con un flujo constante tan sólo admiten un volumen de 3 veces las
aguas residuales, que es mucho menor que aquel, vertiendo a los
arroyos el sobrante de aguas; aguas que llevan fosfatos, residuos
sólidos en suspensión y materiales orgánicos sintéticos en
grandes cantidades. No costaría tanto entender un modelo de
alcantarillado más racional que se dimensionara de la manera más
sensata. La utilización de estas aguas para hacer lagos serviría
para depurarlas, para dar vida a la ciudad, pero también haría
falta aceptar las malas hierbas y los mosquitos y eso ya no es
bonito ni de diseño.
El consumo de lujo en el alumbrado público de las ciudades
occidentales es un escándalo. Las normas técnicas dicen que los
coches no pueden sufrir deslumbramientos y que por lo tanto las
calles deben tener un nivel mínimo de luz y que ésta debe tener
una distribución uniforme. Así, con los mismos métodos de cálculo
del alumbrado de las carreteras se ha calculado también la luz
para las aceras de los peatones, los paseos y las plazas y la
iluminación es tan intensa que llega en algunos casos a molestar
a los vecinos. Estamos confundiendo urbanización de calidad con
iluminación modelo Disneylandia, y al introducir este modelo en
el subconsciente colectivo, llegamos al extremo que muestran las
postales turísticas de la mayoría de las ciudades. Es verdad que
en el tema del alumbrado se han producido muchas mejoras
técnicas, hay bombillas de vapor de sodio que duran más, hay
métodos de control de la iluminación, hay reguladores de flujo,
etc. pero también hay que recordar que el 50% de la energía
eléctrica que gastan los ayuntamientos es todavía en alumbrado
público en ritmo creciente.
Y así podríamos seguir con casi todas las infrastructuras, como
por ejemplo las redes de agua potable. Estamos empeñados en
conseguir presiones de agua muy elevadas pero a la vez estamos
perdiendo casi un 25% en fugas de la red. Estamos creando
mecanismos complicados para la limpieza del alcantarillado o para
el riego de las plantaciones, y somos incapaces de aprovechar
estas pérdidas de agua de las redes.
En realidad, en materia de criterios de algunas técnicas de
urbanización, las cosas han avanzado muy poco desde la época de
los romanos y todavía menos desde el siglo XIX. Es cierto que se
ha incrementado enormemente la tecnología, pero los ingenieros
de cada especialidad (tráfico, luminotecnia, hidráulica,
electricidad, hidrología) dimensionan las infrastructuras
aisladamente para el máximo uso, para el día que llueva más, para
el día en que todos encendamos las bombillas a la vez, y en
consecuencia producimos unas redes desmesuradas y que no
aprovechan las ventajas de las posibles interrelaciones. La mayor
parte de los días del año, por el contrario, hay un mínimo uso
y las estructuras sobredimensionadas y costosísimas funcionan mal
porque no tienen el volumen mínimo de uso para el cual fueron
dimensionadas. Por ejemplo, el día que no llueve, el agua de una
alcantarilla enorme construida para que quepa el agua de lluvia
y las aguas negras, no tiene velocidad y queda estancada. O las
grandes canalizaciones de arroyos estan vacías casi todo el año,
convertidas en vertederos de basuras, de tal manera que cuando
hay una avenida tiene poco espacio para el desagüe.
En la actualidad la cosa se complica porque ha aparecido la
tecnología digital de la fibra óptica, el cable y el negocio de
la televisión y la ciudad se está llenando de cables. Alguien se
tiene que hacer cargo de la planificación y gestión de las redes
que constituyen un conjunto unitario que no puede ser
dimensionado desde perspectivas aisladas y especializadas de cada
una, porque eso significa caer en las normas técnicas
desmesuradas y la dictadura de las compañías suministradoras que
diseñan las infrastructuras según su criterio, y piden los
materiales más caros, las dimensiones más grandes y el mayor
consumo de espacio público.
Pero en el fondo,no hay culpables o todos somos culpables. El
problema viene de la tecnocracia, de la visión parcial del
arquitecto y del ingeniero que no quiere ser criticado el día que
llueva más o haya más tráfico. Esta tecnocracia parcial del
espacio urbano produce una confusión muy grande al ciudadano y
éste ha acabado confundiendo estándar de coste con calidad de
vida y ha acabado entendiendo que su calidad de vida es mayor
porque la calle es más rica. La culpa es de los técnicos y de los
ciudadanos poco exigentes con su entorno inmediato. Pero también
creo que parte de la culpa recae en los denominados ecologistas,
porque obsesionados con grandes temas no dedican su esfuerzo a
luchar por los temas de la vida cotidiana, y esta reflexión, en
este fórum, sólo ha tenido el objetivo de mostrar muy
superficialmente, cuánto falta por estudiar y reflexionar
respecto a la sostenibilidad y la convivencia con el medio
ambiente.
Fecha de referencia: 12-02-2001
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