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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
José Manuel Naredo
Economista y Estadístico
Madrid, abril de 2000[1]
Precisamente el gran éxito del proyecto de modernidad
civilizatoria que nos ha tocado vivir estriba en su capacidad
para apoyar sus fundamentos en valores que se suponen
universales, trascendentes y, por lo tanto, ajenos a
consideraciones espacio-temporales, y para vincularlos, con visos
de racionalidad científica, a evidencias empíricas domesticadas
que dan puntual cuenta de los logros del progreso prometido, a
la vez que soslayan las consecuencias regresivas, no deseadas,
que los acompañan. La ciencia económica ha desempeñado un papel
fundamental en este juego reduccionista, aportando el núcleo duro
de la racionalidad sobre la que se asienta el llamado
"pensamiento único"[2]. Una vez sometido el mundo al yugo de ese
"pensamiento único" guiado por una racionalidad económica servil
al universalismo capitalista dominante, se ha podido postular a
bombo y platillo la "muerte de las ideologías" y "el fin de la
historia". La falta de pudor intelectual que subyace al manejo
acrítico y desenfadado de tales afirmaciones[3], en un mundo
intelectual que se supone informado, da cuenta de la impunidad
con la que se desenvuelve el reduccionismo imperante cuando tales
consideraciones parecen más propias de visiones paleocientíficas
hoy trasnochadas: nos recuerdan ese supuesto "orden natural"
inmutable, fruto de la creación divina, al que se consideraba
sujeto el mundo antes de que Darwin construyera la teoría de la
evolución. Curiosamente, en una cabriola intelectual
sorprendente, semejante inmovilismo reduccionista suele venir
aderezado con alardes de relativismo "postmodernista", para huir
así de los problemas del presente.
A la vista de lo anterior, parece que se ha invertido el antiguo
papel progresivo que en su día se atribuyó a las ciencias
sociales. Desde Platón y Aristóteles se ha venido pensando que
las personas son capaces de mejorar la sociedad en la que viven
y que el conocimiento racional (científico) brindaría el punto
de apoyo necesario para posibilitar el cambio social. Sin embargo
hoy la economía, esa "reina de las ciencias sociales", ha
invertido la situación: hemos asistido a la extensión de un
discurso económico reduccionista que aniquila la posibilidad de
reconsiderar las metas de la sociedad y, por lo tanto, de
cambiarla, haciendo que incluso la política se supedite a ese
discurso. La reflexión económica estándar se sitúa así en un
campo meramente instrumental, servil al ciego instinto de
promoción competitiva y al desatado mecanismo del crecimiento
económico, cerrando los ojos a los daños sociales y ambientales
que tal modelo ocasiona o ayudando a asumirlos como algo normal
o inevitable, como si del pedrisco o el rayo se tratara. Sin
embargo el territorio testifica los daños físicos y sociales
infligidos, que permanecen reflejados en los paisajes urbanos,
periurbanos y rurales.
La situación crítica de la actual civilización alimenta una pugna
ideológica sorda entre el recurso antes apuntado a evidencias
domesticadas que magnifican "la irrefrenable marcha hacia el
progreso" de nuestra sociedad, y los signos de regresión cada vez
más ostensibles que muestran el deterioro ecológico y la
polarización social en el acontecer diario. Asistimos así a las
tribulaciones del discurso dominante del "pensamiento único" para
ingeniárselas, no sólo para subrayar los signos de progreso, sino
sobre todo para ocultar los signos de regresión. En esta pugna
juegan dos novedades dignas de mención: una, la escala sin
precedentes que han alcanzado los fenómenos urbanos y los
problemas y deterioros que éstos generan y, otro, los medios de
difusión, y de disuasión, también sin precedentes, con los que
cuenta el "pensamiento único" para favorecer el conformismo y
desactivar la disidencia.
Pensadores que van desde la antigüedad hasta el medievo (como
Aristóteles o San Isidoro de Sevilla) dijeron: "no son las
piedras, sino los hombres los que hacen las ciudades", subrayando
así la dimensión comunitaria que desde antiguo permitió la
realización y el mantenimiento de ese instrumento material de
vida colectiva que ha venido siendo la ciudad. Sin embargo, la
ética individualista e insolidaria y los enfoques de una ciencia
parcelaria, que se extendieron con la civilización industrial,
socavaron sistemáticamente esa dimensión comunitaria que en su
día sostuvo los proyectos urbanos. El nuevo tono moral que
presenta como algo aceptable, e incluso socialmente deseable, la
realización de los apetitos más voraces de poder y de dinero,
acabó haciendo de la construcción urbana una actividad
especulativa más y motivando que ya no sean "los hombres", sino
el lucro apoyado en el hábil uso del cemento, el ladrillo y las
influencias, lo que de verdad hace la ciudad, presentando esos
gigantes sin alma que son las actuales "conurbaciones". La
implantación del Estado Moderno como afirmación de un nuevo poder
político desbrozó el camino hacia el actual orden de cosas. La
expresión territorial del nuevo complejo cultural, político y
social se plasmó en el modelo de "ciudad barroca", así denominado
por Mumford y otros autores. La "ciudad barroca" rompió los
antiguos recintos amurallados para desplegar por el espacio
abierto un plan geométrico en el que primaban la perspectiva
horizontal, las largas avenidas y el diseño ortogonal, por
contraposición a las calles más angostas y curvas y al diseño más
orgánico de los "cascos" medievales. La homogeneidad
administrativa en el tratamiento de las personas y los
territorios y la formalización democrática de los Nuevos Estados
contribuyeron a eliminar la idea medieval de la ciudad como
baluarte de libertad o refugio de "hombres libres", debilitando,
con ello, la antigua cohesión de los ciudadanos, y haciendo que
este término pase a designar al conjunto de los súbditos de un
Estado con independencia de que vivan o no en ciudades: la gran
ciudad sólo otorga ya a los individuos la libertad que, para bien
o para mal, se deriva de las mayores cotas de anonimato.
El peso determinante de la autoridad política fundadora de los
nuevos Estados explica la firmeza planificadora que subyace a las
realizaciones de la "ciudad barroca" que, pese a todo, se
escalonaron en el tiempo, compartiendo estilos y conviviendo con
el tejido urbano preexistente para originar en el "viejo mundo"
lo que acostumbra hoy a denominarse la "ciudad clásica" o
"histórica", por contraposición a las presentes "conurbaciones".
El proyecto de "ciudad barroca" fue así un paréntesis en el
desmantelamiento de la vieja cultura urbana que dejó abierto el
camino hacia el mayor peso del capitalismo y el predominio del
modelo de urbanización que, con diversas variantes, ha llegado
hasta nuestros días.
Como es sabido, el capitalismo orientó la gestión del mundo
físico desde el universo de los valores monetarios para maximizar
beneficios. Este criterio de gestión es una máquina potentísima
de deterioro del patrimonio (natural y construido) de la
sociedad: los "agentes económicos", tratan de favorecer su
beneficio particular forzando sus ingresos a base de explotar
bienes "libres" o de terceros o trasladando sus costes sobre
otros "agentes" o territorios que quedan fuera de su ámbito
contable. Este principio de acrecentar beneficios privados a
costa del deterioro público o de terceros es el que originó la
crisis de la urbanización masiva que trajo consigo el capitalismo
industrialista del XIX.
Ese gran "arrecife humano"[5] que era, al decir de Geddes, el Gran
Londres de la época, constituía el ejemplo más característico de
la nueva problemática urbana. Las imágenes poco recomendables que
presentaban las primeras ciudades industriales en la Inglaterra
del siglo XIX, gobernadas por el afán de lucro empresarial,
trajeron consigo un fuerte movimiento de reflexión y de protesta.
La importancia inédita del nuevo fenómeno y el empeño en discutir
con datos en la mano la amplitud y gravedad de los problemas
suscitados, dio pie a numerosos estudios y estadísticas[6] . Las
encuestas y los registros sistemáticos de población ayudaron a
cuantificar la pobreza y a confirmar que las nuevas
aglomeraciones urbanas de la época acarreaban tasas de mortalidad
superiores a las del medio rural[7], como fiel reflejo de las
deplorables condiciones de vida de una parte importante de la
población y el medio ambiente. Lo cual desencadenó en Inglaterra
un fuerte movimiento "antiurbano" que veía las nuevas
aglomeraciones más como "tumores abominables" que como exponentes
del progreso prometido por la civilización industrial. Las obras
de Charles Dickens, Thomas Carlyle y John Ruskin ejemplifican el
reflejo literario de esta corriente, que inspiró elaboraciones
importantes en el campo del socialismo (William Morris y, en
cierta medida, Marx y Engels) y del urbanismo (Howard, Geddes y,
más tarde, Mumford). Este movimiento ayudó a ver el statu quo
como algo inadmisible, extendiendo entre políticos,
administradores y filántropos, afanes de reforma tendentes a
corregir los aspectos más negativos que acompañaban al proceso
de urbanización ejemplificado por esa "ciudad monstruo" de
Londres. Se trataba, sobre todo, de paliar la insalubridad y la
inseguridad mejorando "las condiciones de vida de los pobres" que
se concentraban en el medio urbano, para hacer de él algo más
saludable y apacible.
Un muy documentado y divulgado estudio sobre los problemas
sanitarios que entrañan las grandes aglomeraciones urbanas[8]
permitió orientar con eficacia las reformas en Inglaterra. A
nuestros efectos cabe destacar que este estudio identificó las
causas de la elevada mortalidad urbana y propuso soluciones en
el campo técnico, dejando de lado las inquietudes sociales,
éticas, estéticas y religiosas que veían en esa mortalidad el
reflejo de una moral y unas formas de vida poco recomendables.
En resumidas cuentas, se separó definitivamente la moral de la
patología urbana[9], postulando que no hacía falta cambiar la
sociedad, ni siquiera reducir el tamaño de las concentraciones
urbanas, sino hacer que éstas se atuvieran a determinados
estándares de salubridad. Al ver que las enfermedades infecciosas
explicaban el grueso de las elevadas tasas de mortalidad urbana,
se trataron de mejorar las condiciones higiénicas de la ciudad
y las viviendas, controlando la densidad de población, separando
el abastecimiento de agua de los vertidos, pavimentando las
calles y recogiendo los residuos sólidos. Ante la evidencia de
que el mercado no resolvía por sí mismo estos problemas, se
planteó la necesidad legal de establecer una serie de estándares
mínimos de densidad y de salubridad, entre los que figuraba la
emblemática dotación de un WC por familia.
Los nuevos estándares y reglamentos entroncaron con otros
derivados del proyecto de ciudad "barroca" que ligaban, por
ejemplo, la anchura de las calles a la altura de los edificios
o la dotación de equipamientos al número de habitantes, para
reordenar el nuevo crecimiento urbano y readaptar el antiguo,
resolviendo los principales problemas de las nacientes
"conurbaciones". Con lo cual, las tasas de mortalidad (y de
natalidad) urbana disminuyeron en la Inglaterra de finales del
siglo XIX, hasta situarse por debajo de las del medio rural,
anticipando el patrón demográfico que, con más o menos desfase,
siguieron los otros países industrializados. Las "omnipotentes"
palancas de la ciencia y la técnica facilitaron una salida
razonable a la crisis que plantearon las nuevas aglomeraciones
urbanas del XIX. Renació la fe en el progreso, decayó el
"antiurbanismo" antes mencionado y aumentó la confianza en el
capitalismo y en los aspectos benéficos del crecimiento económico
(y urbano).
Hemos de insistir en el caracter técnico-parcelario que impregnó
a las soluciones: cada problema fue tratado con reglamentaciones
y medidas ad hoc. La salubridad y la seguridad urbana mejoraron
a base de evitar el excesivo hacinamiento, instalar WC en locales
y viviendas, de elevar la altura de las chimeneas fabriles o de
enviar los detritus físicos y sociales a vertederos y
cárceles[10]. Se pudo mejorar así el confort y la limpieza del
medio ambiente urbano, pero a base de ocupar más suelo, de
utilizar más recursos foráneos y de llevar al extra-radio una
contaminación acrecentada, aumentando por todo ello las
necesidades de transporte.
Podemos resumir el giro mencionado en la evolución de la
población urbana mundial de la siguiente manera. La población
mundial que vive en ciudades de más de 100.000 habitantes pasó
de representar el 16% de la población total en 1950, al 24% en
1975 y al 50% en el año 2000. Pero subrayemos, como dato más
significativo, el peso dominante que han adquirido los países
pobres o "menos desarrollados" en el proceso de urbanización
mundial: en 1950 la población urbana antes mencionada que estaba
situada en los países ricos o "desarrollados" doblaba a la de los
países pobres, mientras que en 1975 la población urbana se
distribuía mitad y mitad entre países pobres y ricos y en el año
2000 la población urbana de los países pobres dobla ya a la de
los países ricos. Los problemas derivados de la urbanización
masiva han dejado, así, de ser el problema casi exclusivo de los
países ricos que era hace un siglo, a convertirse en un problema
de primer orden en los países pobres, cuya tasa de urbanización
creció en consonancia con los datos aportados, pasando del 7,8%
en 1950 a superar el 40% con el cambio de siglo.
Presupuestos económicos: Con el capitalismo la mayoría de los
edificios y viviendas no se construyen ya directamente para el
uso de sus futuros usuarios, sino para la venta (o el alquiler),
por entidades interpuestas que buscan el beneficio monetario.
Esta finalidad hace que se tienda a maximizar (al menor coste
posible) el volumen construido por unidad de superficie hasta
donde lo permita la normativa vigente y que los propietarios de
suelo traten de modificar su calificación hacia normas más laxas,
alterando los planes existentes[12].
Presupuestos técnicos: El perfeccionamiento técnico, y el
abaratamiento, observados en el manejo del hierro y el hormigón
desde finales del siglo XIX, permitió dotar a los edificios de
un "esqueleto" de vigas y pilares independiente de los muros,
capaz de soportar numerosas plantas y de conseguir un volumen
construido por unidad de superficie superior al de los edificios
tradicionales, con un coste inferior, a base de sustituir trabajo
por energía fósil[13].
Con los presupuestos señalados se generalizó por el mundo la
apariencia uniforme de los edificios, originando una "estética
universal" acorde con el predominio del "pensamiento único". A
la vez que la nueva posibilidad de aumentar el volumen construido
sobre el suelo ocupado por edificios antiguos, desencadenó
procesos de demolición de la "ciudad histórica" sin precedentes,
cuando el marco institucional lo permitía, como ha sido el caso
de España[14]. Por otra parte, el desastroso comportamiento
térmico de los nuevos edificios acrecentó el gasto energético
necesario para hacerlos habitables.
Evidentemente, como el afán de lucro no tiene límite, tampoco lo
tienen las aglomeraciones constructivas que con tal fin se
producen. Entre los numerosos aspectos que complementan o matizan
el funcionamiento de las tendencias indicadas, hay que insistir,
en que cada modelo de usos del territorio conlleva unas
necesidades de transporte que a su vez tienen incidencia
territorial e influyen sobre los usos. La posibilidad técnica y
económica de satisfacer adecuadamente estas necesidades
condiciona el tamaño de los asentamientos. Serían inconcebibles
las "conurbaciones" actuales sin contar con los oleoductos, los
gaseoductos, los tendidos eléctricos, los ferrocarriles, los
aeropuestos,... las autopistas, que facilitan el continuo
trasiego de personas, materiales e información que reclama y
posibilita la creciente dispersión geográfica de sus funciones
(separando zonas dormitorio de zonas industriales, comerciales,
de esparcimiento, etc). Precisamente los avances técnicos
observados en el terreno de los transportes y las comunicaciones
han facilitado la enorme extensión territorial en forma de
"mancha de tinta o de aceite" que caracteriza a la "conurbación
difusa" o al "urban sprawl"[15] de nuestro tiempo. Si reducir el
hacinamiento ayudó en su día a mejorar la salubridad urbana, la
extrema dispersión actual de los usos y la gran dependencia del
transporte constituyen hoy uno de los principales de factores de
deterioro del medio ambiente urbano.
Conviene señalar al menos dos variantes fundamentales. Una es la
que señala la incapacidad de los países pobres para mantener la
calidad interna de sus cada vez más pobladas "conurbaciones",
asegurando unos estándares mínimos de salubridad y habitabilidad
acordes con los logrados en los países ricos, marcándose así la
diferencia entre el Norte y el Sur. Otra es la que distingue el
urbanismo del viejo continente europeo, que trata de revivir más
o menos formalmente los restos de esa "ciudad histórica" tan
valorada por todos, del urbanismo de ultramar, en el que el
"estilo universal" y el "urban sprawl" evolucionó con menos
cortapisas.
Por último hay que advertir que la "globalización" económica
llevó a escala internacional las relaciones de dominación,
atracción y dependencia que antes se daban entre las ciudades o
capitales y el medio rural, haciendo que ciertos Estados
desempeñen también el papel que han venido desempeñando las
ciudades. A finales del XIX, la palabra metrópoli pasó a designar
no sólo la capital de un país, sino también al país que
controlaba territorios más amplios. Inglaterra entera era ya la
metrópoli del Imperio Británico[16]. Así, junto a esos núcleos más
concentrados de atracción de capitales y productos que son las
"conurbaciones", hoy ejercen tales funciones atractoras los
Estados metropolitanos en los que se domicilia el poder político
y económico de nuestro tiempo (Estados Unidos, La Unión Europea
y Japón)[17]. La proyección internacional de las relaciones de la
ciudad con el entorno hace que la tradicional emigración del
campo a la ciudad, tienda a producirse también ahora desde el
resto del mundo hacia los Estados metropolitanos, testimoniando
que la época de las grandes colonizaciones y la apertura de
nuevas fronteras se acabó ya hace tiempo. Tras la confusión que
originó el antiguo "bipolarismo" político entre los dos Estados
más poderosos, la desaparición de uno de los polos nos ha
deparado inequívocamente un orden mundial unipolar dominado por
el poder económico capitalista y escindido sólo por la
segregación entre pobres y ricos, que se proyecta dentro y fuera
de las "conurbaciones" y los países.
Los nuevos Estados metropolitanos pasaron a ejercer una función
que Weber (1921) consideraba característica de las ciudades: la
de constituir, no sólo una organización económica interna, sino
la de organizar también un espacio económico más amplio capaz de
garantizar establemente sus abastecimientos a precios moderados.
Las reglas del juego económico que orientan el funcionamiento del
mercado mundial, aseguran el abastecimiento a bajo precio de los
territorios metropolitanos, a la vez que el sistema financiero
internacional inclina a su favor la capacidad de compra sobre el
mundo para utilizarlo como fuente de recursos y sumidero de
residuos[18]. Lo cual sitúa a estos países en una posición
privilegiada para cuidar de su "medio ambiente". Pero, lo mismo
que no cabe concebir la existencia de las ciudades sin poner un
entorno rural a su servicio, hoy resulta inconcebible la
opulencia de los países metropolitanos sin poner a su servicio
el resto del mundo. Al ser fruto de su posición dominante, esta
opulencia se convierte en un "bien posicional" imposible de
generalizar al resto del mundo. Hacer creer lo contrario sigue
siendo uno de los mayores engaños de la civilización industrial.
En efecto, el "desarrollo", es vana su pretensión de erradicar
la pobreza, no ha intervenido mejorando de entrada las
condiciones de vida de las sociedades "periféricas" al
capitalismo, sino provocando su crisis, sin garantizar
alternativas solventes de mejora para la mayoría de la población
implicada e incluso originando, en ocasiones, situaciones de
penuria y desarraigo mayores que las que se pretendían corregir.
Desde esta perspectiva "podemos imaginar al "desarrollo" como una
ráfaga de viento que arranca al pueblo de sus pies, lejos de su
espacio familiar, para situarlo sobre una plataforma artificial,
con una nueva estructura de vida. Para sobrevivir en este
expuesto y arriesgado lugar, la gente se ve obligada a alcanzar
nuevos niveles mínimos de consumo, por ejemplo, en educación
formal, sanidad hospitalaria, transporte rodado, alquiler de
vivienda,..." [Ivan llich , 1992]. Y para ello es necesario
disponer de unos ingresos que el "desarrollo" acostumbra a
escatimar a la mayoría de los individuos, originando procesos de
miserabilización[20] sin precedentes que afectan incluso a las
necesidades llamadas primarias o elementales (alimentación,
vestido,...). Porque, además, las nuevas necesidades aparecen
como algo ajeno a las posibilidades de los individuos para
hacerles frente directamente, con lo que la persona carente de
trabajo e ingresos aparece como un residuo obsoleto, inadecuado
a las nuevas exigencias del "desarrollo", que cae con facilidad
por la pendiente de la marginación social y el deterioro
personal. Así, no cabe considerar el proceso actual de
urbanización que se opera en los países pobres como un paso que
repite la misma senda de modernización y progreso seguida tiempo
atrás por los países ricos: es más común que este proceso resulte
de la mera destrucción de las formas de vida y de cultura que
secularmente habían venido modulando y asimilando el crecimiento
demográfico, que de las capacidades del "desarrollo" para sacar
a la población del "idiotismo de la vida rural"[21] y mejorar su
calidad de vida en las actuales aglomeraciones. La magnitud de
las imágenes de frustración y desarraigo que presentan hoy las
"conurbaciones" de los antiguos países coloniales así lo
atestiguan, empequeñeciendo los problemas que presentaba el Gran
Londres de hace un siglo. La calidad ambiental de Londres ha
podido sin duda mejorar, junto con la de otras antiguas ciudades
industriales[22], mostrando que, por las razones antes indicadas,
los países metropolitanos están en condiciones mucho más
favorables que el resto del mundo para mantener la calidad
interna de sus propias "conurbaciones" y para seguir
desarrollando formas de urbanización inviables a escala
planetaria.
Hemos visto que la crisis urbana que atravesaron los nacientes
países industriales del siglo XIX estuvo motivada por fallos de
calidad interna del propio sistema urbano y que se resolvió, con
el apoyo del Estado, utilizando más intensamente los recursos y
sumideros del resto del territorio. Sin embargo la crisis actual
no sólo vuelve a plantear nuevos problemas de calidad interna,
sino que se topa con el deterioro acrecentado del resto del
territorio. Su tratamiento exige, por lo tanto, reconsiderar las
relaciones del propio sistema urbano con el resto del territorio.
El enfoque sectorial y parcelario que se había utilizado con
éxito para resolver la crisis anterior se revela ahora
insuficiente. Los problemas ya no se resuelven aumentando la
altura de las chimeneas o tirando de la cadena de los wáteres.
Hay que preocuparse del funcionamiento del sistema urbano en su
conjunto y, para ello, hace falta volver a considerar la ciudad
como proyecto, consideración que se había desvanecido junto con
la cohesión y la participación social que en otro tiempo
construyó y mantuvo las ciudades. Se cae, así, en la cuenta de
la necesidad de reconstruir el cuerpo social de la ciudad y de
dotarlo de órganos responsables capaces de controlar su
funcionamiento físico y el deterioro que origina sobre el
territorio. Pero entonces nos encontramos con que el tamaño
sobrehumano de los asentamientos actuales dificulta enormemente
esta reconstrucción, lo que urge a redimensionar esa
ciudad-proyecto, rompiendo la inercia expansiva de las
"conurbaciones". Lo cual exigiría supeditar la finalidad
imperante del lucro al logro de otras metas (sociales,
ambientales,...) desencadenando un proceso que, mediante la
interacción transparente entre información, participación social
y normativa, vaya definiendo el nuevo proyecto de ciudad y su
relación con el resto del territorio. Pero, a la vez, la
dimensión internacional y planetaria de los problemas hace que
éstos trasciendan de la esfera local o nacional en la que se han
venido tratando. La traslación de las funciones de la ciudad a
Estados metropolitanos cada vez más serviles a los intereses del
capitalismo transnacional, reflejada en la llamada "globalización
económica", demandaría organizaciones internacionales capaces de
ponerles coto, y con ello, a la ordenación en curso del espacio
planetario. Este nuevo internacionalismo tendría que apoyarse en
un nuevo geocentrismo para proyectar esa imagen de Casa-Madre,
más allá de la ciudad y del Estado, hasta abarcar a la Tierra en
su conjunto. Por todo lo expuesto, la crisis del modelo de
ordenación del territorio que se ha extendido por el mundo está
llamada a resolverse con la crisis de la civilización que lo
engendró.
La situación actual es bien poco receptiva a las ideas que
acabamos de esbozar como guía para abordar en su raíz las causas
de la situación crítica actual. El panorama no justifica el
optimismo más que como fruto de la desinformación o de la
cobardía para enfrentarse a la cruda realidad. Solucionar la
crisis de las nacientes "conurbaciones" en la Inglaterra del
siglo XIX, requirió plantear sin tapujos los problemas, recabar
estadísticas para documentarlos y tener empeño en resolverlos.
Sin embargo hoy flaquean la reflexión, la toma de datos y la
voluntad política necesarias para resolver los problemas, con el
agravante de que son mucho más complejos y difíciles de tratar.
Por lo común, tanto las ciencias sociales y ambientales, como las
instituciones que se ocupan del territorio y del medio ambiente,
invierten más esfuerzo en ocultar que en analizar y paliar los
problemas de fondo que suscitan la crisis actual. La vergonzosa
falta de datos sistemáticos sobre la ocupación del suelo y los
flujos que componen el metabolismo de la actual sociedad, a sus
distintos niveles de agregación, o sobre las condiciones de vida
de la población, corre paralela con los miles de satélites
enviados a la atmósfera, con los cuantiosos recursos destinados
a estudiar el "medio ambiente", el clima e incluso el
planeamiento territorial y sus valoraciones monetarias. En el
terreno de las ideas, por ejemplo, ya no se critica a ese sistema
histórico que es el captalismo, sino a los nuevos demonios del
neoliberalismo, como tampoco se discuten los absurdos que
conlleva la mitología de la salvación por el crecimiento,
consustancial a ese sistema, sino que se trata de hacerlo
"sostenible"[23],... o, más en relación con el tema que nos ocupa,
se soslaya el diario deterioro territorial mientras se discute
sobre hipotéticos cambios climáticos. Y a medida que se refuerza
la función apologética del statu quo que ejercen las academias
y las administraciones estatales y empresariales, embarcadas en
reflexiones instrumentales y campañas de "imagen verde"[24] dignas
de mejor causa, decae su capacidad para interpretar y gestionar
la crisis actual.
De esta manera es probable que las tendencias regresivas sigan,
como hasta ahora, adelante, sin que la sociedad tome conciencia
de la crisis. Porque resulta difícil que una civilización prevea
su propia crisis y ponga los medios necesarios para resolverla
cuando afectan a sus cimientos: lo normal es que ésta le
sorprenda, como ocurrió en la Grecia clásica o la Roma imperial,
cuando adquiera tintes claramente catastróficos y difícilmente
reversibles. La crisis hacia la que apunta el masivo proceso de
urbanización actual tiene, en este sentido, más puntos en común
con la crisis en la que desembocó el auge de las ciudades
ocurrido en el occidente medieval entre los siglos XI y XIV, que
con la del siglo XIX antes comentada. Las enfermedades, los
conflictos y el deterioro demográfico, social y económico
desembocó en la crisis del modelo de la ciudad-isla medieval[25],
que no se pudo solucionar mediante iniciativas locales. Hubo que
esperar muchos años para que las ciudades renacieran de la mano
del Estado Moderno sobre bases distintas. La crisis urbana de
nuestro tiempo ni siquiera puede resolverse ya en el interior de
esos Estados-isla. Necesita de nuevos enfoques y organizaciones
capaces de generar modelos de urbanización local acordes con los
requerimientos del geocentrismo antes mencionado. El problema se
agrava cuando el modelo de organización jerárquica propio de las
empresas transnacionales se extiende ya por encima de los Estados
y parece poco proclive a admitir la competencia, sobre todo con
organizaciones que pretenden condicionar las reglas del juego
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Fecha de referencia: 9-2-2001
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