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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Flavio Celis D'Amico
Dr. Arquitecto, profesor titular de la Escuela de Arquitectura de
la Universidad de Alcalá, miembro del Seminario de Arquitectura
Integrada en su Medio Ambiente (SAIMA) de la Universidad
Politécnica de Madrid.
Madrid (España), noviembre de 2000.
Hablar de arquitectura bioclimática a las puertas del nuevo milenio
ya no resulta un ejercicio inusual al alcance de unos pocos
iniciados. Los congresos, cursos, conferencias, publicaciones,
tesis doctorales y manuales sobre el tema se extienden a todos los
ámbitos académicos y profesionales, y se suceden las exposiciones
y concursos con referencias explícitas a la construcción
bioclimática. Se trata de un desarrollo no casual, fruto de muchos
años de trabajos de investigación y de aplicaciones prácticas, que
han corrido en paralelo al resto de las reflexiones realizadas
desde una lógica de conservación ambiental y de desarrollo
sostenible, y que han significado la reflexión sobre el progreso
científico-técnico del siglo XX y su coste ecológico.
Un progreso marcado por las innovaciones tecnológicas que, en el
campo de la construcción, posibilitaron el acceso a una vivienda
salubre a una enorme cantidad de población en un siglo que vio el
mayor incremento demográfico de la historia, pero que,
paralelamente, significaron un elevado coste de desgaste en
recursos naturales, en contaminación ambiental y en desastres
naturales inducidos por el hombre, difícilmente asumibles a largo
plazo.
Es precisamente en las sociedades desarrolladas cuando, a finales
de siglo y una vez resueltos los problemas más acuciantes de
asentamiento de la población y garantizado su nivel de vida, se
asiste a un replanteamiento general de los procesos de producción
industrial, y de sus consecuencias en costes energéticos y
ambientales. La construcción, como uno de los factores claves del
desarrollo industrial, es uno de los primeros objetos de estudio en
el campo de la adecuación ambiental, produciéndose numerosos
trabajos sobre el tema, a partir, sobre todo, de las crisis
energéticas de los setenta.
Si en un principio los primeros trabajos realizados se dirigían
exclusivamente al ahorro energético, en la actualidad el problema
ha transcendido hacia el entendimiento de la arquitectura
bioclimática como un proceso activo, donde el ahorro es un factor
más a tener en cuenta, pero en el que la adecuación ambiental ha de
entenderse como un sistema más amplio, modificador del sistema
natural e interactuante con él, en todos los sentidos, desde los
energéticos hasta los estéticos y funcionales.
En la actualidad, se puede decir que se han diseñado, construído y
evaluado suficientes ejemplos de arquitectura bioclimática capaces
de refrendar la bondad y calidad ambiental de las construcciones
realizadas teniendo en cuenta los principios básicos de "construir
con el clima", y se ha demostrado sobradamente su viabilidad
económica.
Sin embargo, la arquitectura bioclimática, aunque con un impacto
mediático cada vez más extendido, sigue teniendo un peso real
insignificante dentro de la producción arquitectónica mundial, y en
España, su desarrollo se encuentra limitado a las escasas
iniciativas de promoción pública y a sectores muy aislados y
concienciados de la iniciativa privada. Diferentes estudios avalan
la capacidad de ahorro de energía de hasta un 70% en las soluciones
arquitectónicas pensadas desde un lógica de adaptación y adecuación
al clima, en comparación a los usuales procedimientos de
construcción tradicional, quizás en consonancia con las normativas
de aislamiento, pero disparatados muchos de ellos si se observan
desde una lógica ambiental más amplia.
Se podría argumentar que, en cualquier proceso de producción
científica, el desarrollo teórico siempre se sitúa por delante de
la producción industrial, y que es necesario un cierto tiempo de
desfase entre ambos, destinado a evaluar y reajustar las nuevas
propuestas. Aunque en cierto modo este argumento puede ser válido
(determinados sistemas técnicos incorporables a las construcciones
relacionados con los sistemas activos que utilizan energías
renovables aún requieren de cierto grado de desarrollo), el
problema de base reside, seguramente, en cómo se cuantifican los
ahorros energéticos, y en el traslado de dichas cuantificaciones al
mercado y al proceso de producción.
El desfase existente entre una evaluación económica del consumo
energético y de su impacto ambiental a largo plazo, y el actual
sistema de evaluación del coste de producción en el sector de la
construcción, pensado en términos de rentabilidad a corto plazo,
obviando el mantenimiento energético del edificio, dificulta una
evaluación objetiva de las ventajas que aporta una arquitectura
entendida desde la adecuación al medio natural. Habrá que esperar
a la progresiva introducción de las normativas de ámbito nacional
e internacional de evaluación del gasto energético en función de su
equivalencia en gases contaminantes de efecto invernadero (CO2),
para que se empiece a producir una concienciación real sobre la
necesidad de entender la construcción como una parte fundamental en
el problema del desarrollo sostenible.
La aplicación real de las directrices de reducción de las emisiones
de dióxido de carbono (93/76/CEE) llevada al sector de la
construcción, producirá seguramente los ajustes necesarios para
promocionar de forma estable y sostenida los edificios concebidos
para conseguir una alta eficiencia energética[1]. Hay que pensar, en
este sentido, que la edificación supone ya, en los países
industrializados, el 50% de la energía consumida, y el 25% de la
contaminación emitida. El balance también resulta positivo a la
hora de realizar una cuenta global. Los índices de sobrecosto al
aplicar lógicas de adecuación bioclimática a la construcción han
implicado, en España, una media de un 15% más sobre el coste de
construcción de una vivienda tradicional, compensados sobradamente
con los ahorros energéticos obtenidos, ya comentados, del orden de
un 70%, y que, en el cómputo global relacionado con la vida útil
del edificio, supondría un ahorro neto total (costes de
construcción más costes de mantenimiento) en torno al 20%.
No es de extrañar, por ello, que a una fase inicial de desconfianza
y de recelo ante la introducción de una nueva lógica constructiva,
se esté iniciando otra en la que las calificaciones de
"arquitectura ecológica", "arquitectura bioclimática",
"arquitectura energéticamente consciente", "arquitectura
ambiental", etc.. hayan proliferado de forma espectacular, hasta un
punto en el que es difícil discernir las bondades o defectos de
unas y otras, y en donde la "eco-moda" se ha introducido como un
factor más a la hora de promocionar arquitectura. En muchos casos,
detrás de complicadas y crípticas terminologías pseudocientíficas
se esconden en realidad meros guiños formales (a los que tan
acostumbrados nos tienen las modas arquitectónicas) a cuestiones
ligadas al paisajismo o al ruralismo que poco o nada tiene que ver
con la complejidad científico-técnica que supone un proyecto de
arquitectura bioclimática. En el peor de los casos, detrás de esta
moda ecológica, se recogen aleatoriamente soluciones constructivas
y estrategias de ubicación, orientación e implantación en el
territorio copiadas literalmente de modelos (otro rasgo
característico de las modas arquitectónicas) que poco o nada tienen
que ver con las necesidades reales, y que pueden llegar a ser
altamente contraproducentes. De hecho, si algo es capaz de
caracterizar la arquitectura bioclimática, es precisamente su
adecuación al medio ambiente y al lugar en el que se introduce,
imposibilitando la misma solución en situaciones geográficas y
ambientales distintas. En este sentido, es importante diferenciar
entre los distintos términos empleados al hablar de las relaciones
que se pueden establecer entre arquitectura y ambiente, y
sobretodo, en distinguir las distintas lógicas que ellos suponen.
La "arquitectura bioclimática", entendida en términos conceptuales,
se fundamenta en la adecuación y utilización positiva de las
condiciones medioambientales y materiales, mantenida durante el
proceso del proyecto y la obra. Una lógica que parte del estudio de
las condiciones climáticas y ambientales y de la adecuación del
diseño arquitectónico para protegerse y/o utilizar los distintos
procesos naturales. En el alcance de esa interacción entre
arquitectura y ambiente se pueden establecer los distintos niveles
en donde se mueven actualmente los arquitectos que trabajan en este
campo. Así, y dependiendo de la extensión del balance energético
global al que se refiere la adecuación climática y ambiental de la
arquitectura, se podrían ir catalogando los distintos tipos de
edificación bioclimática.
En el orden más sencillo, se encontrarían aquellos edificios que
sólo se preocupan de conseguir una alta eficiencia energética una
vez construídos, sin incluir más variables ecológicas que las
derivadas del ahorro energético a largo plazo. Se trataría de
adecuar al máximo, desde el diseño del edificio y desde su
resolución técnica y constructiva, el balance energético del mismo,
aquilatando las ganancias y pérdidas a las necesidades del confort
climático, pero obviando toda otra serie de relaciones más
complejas que se pueden establecer entre ambiente y arquitectura.
En un segundo orden se situarían aquellos otros en donde el balance
energético global incluiría no sólo la fase de vida útil del
edificio, sino todo su proceso constructivo, desde la extracción de
los materiales, su elaboración industrial, su puesta en obra, su
uso, su reciclaje y su destrucción[2]. En este caso, el balance
energético global y su equivalencia en contaminación ambiental
llevaría a un análisis pormenorizado de los materiales de
construcción, y por tanto, a la utilización de aquellos menos
costosos en términos energéticos (o en su equivalente, en
contaminación ambiental), y al rechazo, o a la mejora del sistema
productivo, de aquellos otros con costes elevados, capaces de
anular las posibles ganancias energéticas obtenidas durante el
tiempo de usufructo del edificio. Según este principio, se
primarían más, por ejemplo, aquellas técnicas capaces de introducir
en la construcción materiales procedentes del reciclaje
(actualmente se hace, en los países nórdicos, con el 40% del vidrio
empleado en la edificación) y, a su vez, se fomentarían aquellos
otros materiales que, en su proceso de mantenimiento o sustitución,
puedan ser introducidos, a su vez, en un nuevo ciclo.
En un tercer orden, se situarían aquellas edificaciones que no sólo
se preocupan de mantener buenos balances energéticos, sino también
en adecuarse al medio en un sentido más extenso. Desde aquellas que
se introducen en el paisaje, limitando el impacto visual de las
construcciones, hasta aquellas otras que se preocupan por el
mantenimiento de otros recursos naturales limitados, como la
inclusión o el mantenimiento de la vegetación (fomentando la
integración en la edificación de especies autóctonas) y el ahorro
de agua (mediante la introducción de redes separativas de aguas
grises y negras, la depuración selectiva por filtros verdes o la
captación de agua de lluvia). Sistemas complementarios que,
utilizados en beneficio de la edificación, son perfectamente
compatibles e incluso coadyuvantes en el ahorro energético del
edificio y en la obtención de las condiciones de confort deseadas.
En cualquier caso, es importante señalar que, lejos de parecer un
sistema basado en rígidos principios inmutables, la arquitectura
bioclimática ha de caracterizarse por un radical alejamiento de
posiciones dogmáticas o fundamentalistas. Si existe algo realmente
flexible y variable es, precisamente, el medio natural, y una
arquitectura que mantenga como filosofía la adecuación a éste, debe
ser capaz también de plantearse como un sistema abierto y adaptado
al usuario, muchas veces marcado por factores extraños a la
racionalidad ambiental. En este sentido, lejos de significar un
problema, la arquitectura bioclimática (en realidad, como ha
sucedido siempre con la buena arquitectura) ha de compaginar una
serie de intereses que pueden ser, en cierta medida, contrapuestos.
La flexibilidad de la arquitectura bioclimática debe permitir
conseguir siempre un equilibrio entre todos los factores, y por
tanto, alcanzar los objetivos posibles dentro de cada nivel de
exigencia, que irá cambiando en relación con las necesidades, las
condiciones y el grado de desarrollo socio-económico. La evolución
paulatina de la conciencia ecológica, en un supuesto optimista,
permitirá que las soluciones planteadas sean cada vez más eficaces
en térmicos energéticos, de confort, de calidad ambiental y, por
supuesto, en términos económicos.
La flexibilidad que debe suponerse a la arquitectura diseñada según
principios bioclimáticos no obvia que, en todos los supuestos
posibles y en los distintos grados de intensidad alcanzables, deba
existir un riguroso análisis científico de las condiciones de
partida y un riguroso desarrollo metodológico, que normalmente
cambia la praxiología habitual del proyecto arquitectónico. En este
sentido, la adecuación climática y ambiental no debe entenderse
como un añadido a un proceso de diseño arquitectónico
predeterminado, sino que el propio diseño se adecua a las
solicitaciones del medio natural y a todos los demás condicionantes
de partida, aprovechando las posibilidades que ofrece el medio. Es
indispensable que las soluciones alcanzadas (dentro de la
variabilidad de las mismas, como sucede habitualmente en cualquier
proyecto arquitectónico), estén respaldadas por un riguroso
análisis de causa-efecto, para evitar aquellas intrusiones
extra-contextuales dictadas por la moda de las que se hablaba
anteriormente.
Resulta obvio que el primer requisito para realizar una
arquitectura bioclimática es el conocimiento del medio natural en
la que se debe ubicar. Los datos de dicho medio resultan tan
esenciales, al menos, como los demás factores que intervienen en el
proceso arquitectónico (programa, función, presupuesto, etc..). Sin
embargo, resulta en muchos casos bastante difíciles de conseguir,
por la inexistencia de datos climáticos fiables en gran parte del
territorio. Si nos referimos a España, los datos del Atlas
Climático Nacional son excesivamente generalistas, y datos más
particulares sólo se encuentran en aquellas zonas en donde se
localizan los observatorios meteorológicos. Además, los datos
climáticos han de analizarse en relación al microclima local, y a
las condiciones geográficas y morfológicas del territorio que
pueden alterar decisivamente las lecturas de partida.
En este punto es interesante detenerse a observar que, para una
extensión razonable de un nuevo modo ecológico de concebir los
procesos productivos de la sociedad, entre ellos la construcción,
es necesario disponer de herramientas y de conocimientos adecuados
al entendimiento científico del medio natural en relación con la
arquitectura. En este sentido, y debido a la complejidad de dichas
actuaciones, el arquitecto debe aprender a trabajar de modo
interdisciplinario con otros profesionales del campo de la física
y de las ciencias naturales y ambientales. El arquitecto deberá,
además, tener una formación específica en arquitectura bioclimática
(muchos de los nuevos planes de estudio de las carreras de
arquitectura ya contemplan asignaturas en esta disciplina),
reciclarse mediante cursos y seminarios de especialización o
asesorarse con expertos en la materia. Existen ya muchos grupos de
trabajo que desde las Universidades o los despachos profesionales
se encuentran realizando labores teóricas y prácticas sobre estos
temas.
Es indispensable, además, disponer de un adecuado instrumento de
análisis cuyas conclusiones puedan ser de fácil transposición a la
práctica arquitectónica. En este sentido, los manuales de
arquitectura bioclimática que actualmente se están confeccionando
por distintas comunidades autónomas resultan instrumentos muy
válidos a la hora de relacionar las particulares condiciones
climáticas de las distintas zonas geográficas con las posibles
estrategias arquitectónicas adecuadas a cada emplazamiento. Un
desarrollo más decidido de estos manuales -quizás con la
incorporación de datos climáticos y de las correspondientes
estrategias de adecuación arquitectónica a los sistemas
cartográficos informáticos de tipo SIG (sistemas de información
geográfica)- significaría crear un sustrato teórico imprescindible
para el desarrollo de estrategias arquitectónicas de carácter
sostenible.
El análisis pormenorizado de las condiciones climáticas debe ser
posteriormente analizado en orden a establecer qué sucede con todas
las variables cuando iteractúan (viento, humedad, temperatura,
radiación), y cuales son sus consecuencias traducidas al bienestar
humano, esto es, a la sensación de confort. Una vez obtenidos los
datos relativos al microclima local y combinados en parámetros
ajustables a las necesidades humanas de bienestar físico, se debe
analizar en que medida y en que épocas del año dichas condiciones
se corresponden (o se alejan) de las condiciones de confort. En
este último caso, se estudia en que sentido las condiciones
ambientales difieren de las deseadas, y se plantean las estrategias
arquitectónicas correctoras necesarias.
Habitualmente el problema reside en combinar distintas estrategias,
puesto que condiciones ambientales adversas y de signo totalmente
distinto suelen darse, por ejemplo, en verano (necesidad de
refrigeración mediante ventilación o humidificación) e invierno (
necesidad de calefacción mediante ganancias internas, calefacción
solar pasiva o activa, etc...) En el proceso de diseño
arquitectónico deben irse ajustando todas las estrategias
arquitectónicas conducentes a la corrección de dichos parámetros,
combinándose con los demás aspectos de orden material, funcional,
formal, estético y normativo. El proceso resulta complejo y
laborioso y, al contrario de lo que pudiera parecer, no coarta en
absoluto la libertad creativa del arquitecto, sino que más bien
facilita su labor al clarificar los condicionantes de partida.
Así como es importante disponer de eficaces instrumentos de
conocimiento del medio natural, parece también necesario disponer,
en las fases de diseño y de adecuación ambiental de la
arquitectura, de la instrumentación de apoyo necesaria. Es
importante conseguir modelos informáticos físicos y matemáticos
capaces de analizar adecuadamente las relaciones causa-efecto entre
clima y arquitectura. En la actualidad, el problema de la
cuantificación de los resultados obtenidos, sigue siendo uno de los
puntos más complejos del proceso de producción de la arquitectura
bioclimática. Los modelos existentes, o son incompletos,
simplificando gran cantidad de datos, o se encuentran encriptados
en una especificidad y una terminología sólo descifrable por los
equipos de investigación que los manejan en institutos y
universidades, muchas veces desconectados de la aplicación real que
requeriría la arquitectura. Por el momento, la mayor parte de los
resultados obtenidos y cuantificados lo han sido por comprobación
directa, monitorizando "in situ" las obras realizadas.
Esto no significa que el proyectista se encuentre indefenso frente
a una posible y necesaria cuantificación "a priori" de las
soluciones escogidas, ni que la arquitectura bioclimática sea una
ciencia incierta, restando validez a sus propuestas o introduciendo
tal grado de indefinición que asuste a sus potenciales promotores,
sean estos públicos o privados. En realidad, el proyectista trabaja
con márgenes de seguridad ya muy probados por la experiencia o
avalados por la combinación simultánea de muchas técnicas de
cuantificación parcial. Es un hecho que, hasta el momento, no se ha
conocido ningún fracaso entre las experiencias realizadas de
arquitectura bioclimática, cosa que, por desgracia, no puede
decirse de la arquitectura comercial tradicional.
Una ayuda importante y nada desdeñable al desarrollo de
arquitecturas integradas en el medio ambiente sería el
entendimiento del problema de la implantación y ubicación desde una
lógica extensiva, que incluya todos los grados del planeamiento
urbano, desde los estudios del territorio hasta los planes
parciales. Poca arquitectura bioclimática se puede realizar si las
condiciones urbanísticas de partida -obstrucciones solares,
exposiciones a viento, malas orientaciones- la dificultan. En tal
caso ésta será menos efieciente. Está comprobado, por ejemplo, que
un edificio aislado del tipo viviendas colectivas, gasta el doble
en energía si su eje longitudinal se encuentra orientado en sentido
Norte-Sur que si lo está en el Este-Oeste. Por tanto, el problema
de la construcción de edificios de alta eficiencia energética
transciende las meras soluciones arquitectónicas, y se constituye
como una lógica que debe afectar todos los ámbitos de la
planificación urbana.
Otro asunto es el relativo a la rehabilitación de viviendas desde
una lógica de ahorro energético. En este caso, la arquitectura
tendrá que adecuarse a las ubicaciones y condicionantes del lugar.
Si éstos imposibilitan un aprovechamiento óptimo de los
condicionantes naturales, habrá que resolver los problemas
incidiendo más en las soluciones constructivas y en el uso racional
de los materiales de construcción, en especial en la sabia
combinación y colocación de los aislamientos y de la inercia
térmica.
Por último, en esta introducción general, quedaría comentar el
panorama actual de la arquitectura bioclimática, sus tendencias y
el tipo de soluciones actualmente en uso, además de sus
proyecciones de futuro.
Cabría, en un principio, hacer una primera distinción entre los
sistemas de control climático aplicados en las arquitecturas, que
pueden ser pasivos o activos, aunque es cada vez más usual
encontrar edificios en donde se haya utilizado una combinación de
ambos sistemas (normalmente suele tratarse de edificios con un
mayor presupuesto de partida).
Los sistemas pasivos se fundamentan en el control de las variables
climáticas en el interior de las edificaciones mediante el uso
racional de las formas y de los materiales utilizados en
arquitectura, incidiendo fundamentalmente en la radiación solar,
facilitando o limitando su incidencia y utilizando los aislamientos
y la inercia térmica de los materiales como sistemas de control y
amortiguamiento térmico. La elección de los vidrios y del material
de construcción de los forjados, cerramientos, tabiquería y
estructuras se supedita a la obtención de los resultados
prefijados.
Los sistemas activos, por el contrario, aplican directamente las
nuevas tecnologías de aprovechamiento de las energías renovables,
como la solar (para producción de agua caliente sanitaria,
calefacción o energía fotovoltaica), la energía eólica o la
biomasa. En este sentido habría que hacer una primera distinción
entre aquellas técnicas probadas y cuantitativamente rentables en
todas condiciones, como es la energía solar para ACS (agua caliente
sanitaria), o la energía eólica, de aquellas otras cuya aplicación
es más discutible en términos de rentabilidad, como la
fotovoltaica. También entrarían en este apartado todos aquellos
sistemas de ahorro energético de equipos tradicionales, como los
que suponen las centrales de cogeneración y todos aquellos otros
sistemas de control ambiental que necesitan un gasto inicial de
energía para su correcto funcionamiento: sistemas móviles de
parasoles, domótica, sistemas variables de iluminación, etc...
Una segunda distinción, menos técnica pero quizás más adecuada,
atañe a la filosofía imperante tras determinadas actuaciones
realizadas bajo el mismo epígrafe de arquitecturas bioclimáticas,
pero enormemente dispares entre sí. Se tendrían, en este supuesto,
tres modelos distintos de actuación, cada una con sus posibles
variantes.
Un primer modelo estaría formado por aquellas actuaciones tendentes
a recuperar un cierto grado de "primitivismo", volviendo a
soluciones vernáculas, enfatizando los peligros que acechan al
desarrollismo y reivindicando lo natural frente a los desmanes del
progreso tecnológico. Se trataría en alguna medida de un
planteamiento muy vinculado al territorio y al asentamiento en baja
densidad, una vuelta al medio rural. Es un planteamiento
acompañado, muchas veces, de cierto fundamentalismo ecológico en el
sentido de prohibir o limitar el empleo de muchos materiales de
construcción, sobre todo de aquellos que implican un mayor consumo
energético o procesos industriales con una alta repercusión
ambiental. A su vez, preconizan el empleo de materiales
considerados naturales, como la tierra, la madera o la arcilla.
El problema de estas soluciones es su escasa solvencia para ser
empleadas a gran escala en el asentamiento de millones de personas.
Sería de todo punto inviable un urbanismo de baja densidad
extendido masivamente en el territorio, colapsando vías de
circulación y generando aún más problemas ambientales, debido a la
multiplicación de redes de abastecimiento y recogida. Por otra
parte, la utilización masiva de materiales como la madera también
es incompatible con el mantenimiento de la vegetación, y la
renuncia a los procesos de producción industrial es, hoy por hoy,
insostenible por ser imposible su sustitución a gran escala.
Además, y frente a una visión rígida y prohibicionista de lo
industrial, siempre es posible aplicar criterios de mejora
energética y ambiental en los procesos de fabricación.
Otro modelo actualmente muy publicitado, en relación a la
arquitectura de alta eficiencia energética, es el tecnológico, el
denominado "high-tech" o, en su versión supuestamente más orientada
a la integración medio ambiental, "eco-tech". Con gran repercusión
mediática, se trata de un modelo exhibicionista que aplica los más
espectaculares alardes técnicos en la resolución de edificios, con
complejos sistemas activos de control climático (vidrios de alta
eficiencia, sistemas móviles robotizados de protección, sistemas de
captación solar activa) controlados por ordenador (domótica). Son
edificios cuya eficiencia energética sólo se limita al
mantenimiento, sin tener en cuenta otras premisas, como el coste
energético de construcción (generalmente elevadísimo). Se trata de
un modelo que se extiende como manifiesto de futuro, pero que
debido a su elevado coste sólo es asumible por corporaciones
privadas de alto nivel económico, que lo exhiben como símbolo de
poder y como objeto publicitario dentro de la moda actual por lo
ecológico.
El modelo tecnológico, aunque muy seductor por su imagen y su
impacto publicitario, (es curioso como empieza a ser asumido en
este mismo sentido por el sector público), tiene algunas cualidades
objetivas, como las apuestas por la innovación continua y aplicada
o por la experimentación en nuevas formas, muchas veces trasladadas
de otros sectores industriales de vanguardia, como el
automovilístico, el aeronáutico o incluso el espacial. Sin embargo,
tiene también ciertos problemas nada desdeñables. Por una parte, el
empleo de soluciones y sistemas sobredimensionados, destinados más
a satisfacer una imagen que a resolver problemas reales, y por
otra, y más grave, su elevado coste, que lo convierte en inviable
a gran escala, y muy poco aplicable a la edificación de viviendas,
el sector económicamente más necesitado de un aquilatamiento
extremo en la relación coste-beneficio.
Por último se tendría el modelo que se podría denominar
posibilista. Se trata de introducir, paulatinamente, mejoras en el
diseño arquitectónico y en la resolución constructiva de los
edificios, de tal modo que con un pequeño incremento de costes, se
obtengan notables beneficios en ahorro energético y adecuación
ambiental. Es un modelo de probada eficacia, que no implica
complejas transformaciones de la industria productiva actual
(utiliza materiales habituales en el proceso constructivo), no
interfiere en los planeamientos estratégicos de desarrollo y puede
ser perfectamente asumible en costes por el conjunto de agentes que
intervienen en el proceso inmobiliario: administración, promotores,
técnicos, constructoras y usuarios. Un modelo en consonancia con
las próximas normativas internacionales a aplicar en concepto de
eficiencia energética y protección ambiental y suficientemente
flexible para adaptarse a diferentes necesidades y demandas
económicas y sociales. Además, se trata de un modelo perfectamente
adaptable a la idiosincrasia social y económica de cada lugar, y
por tanto perfectamente compatible con las necesidades de
desarrollo y sostenibilidad a las que se enfrentan los países del
segundo y tercer mundo.
Se trata, este último, de un modelo perfectamente aplicable hoy por
hoy, que sólo necesita de un apoyo más decidido de la
administración en cuanto a dotar, en vivienda pública, de un mayor
peso a las promociones de arquitectura bioclimática y en cuanto a
subvencionar, en vivienda privada, los pequeños incrementos de
costes de mejora introducidos en las edificaciones. A medio plazo,
y con la introducción de las normativas de calificación energética,
el propio sector se autoregulará para generar una producción
estable de viviendas bioclimáticas.
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Fecha de referencia: 16-11-2000
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