| Boletín CF+S > 14 -- Hacia una arquitectura y un urbanismo basados en criterios bioclimáticos > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n14/acver.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Summary:
From sustainability to eco-enighbourhoods
Stepping down the scale from the global ideas of sustainability and
sustainable development to one of its actual applications within
the field of sustainable town planning such as the concept of eco-neighbourhood, this paper discusses the need of establishing with
rigour the range of criteria around which the idea of
sustainability should be articulated in each step in order to
confront a growingly meaningless generalisation of it.
Résumé:
De la durabilité aux eco-quartiers
L'article propose un procès de réduction d' échelle en commençant
depuis le concept global de durabilité pour se diriger vers
l'application plus précise dans le champ de la pratique de
l'aménagement durable au moyen du concept d' 'eco-quartier'. Cet
article tâche d' expliquer la necessité d' établir avec rigueur un
éventail de criteria autour desquels cette idé de durabilité du
milieu bâti dôit être articulée à chaque échelle d'aménagement.
Ceci dans le propos d'avoir une boîte à outils raisonnée pour la
confronter á une généralisation du terme eco-urbanisme de plus en
plus démunie du contenus.
Palabras clave: Sostenibilidad, desarrollo sostenible, ecobarrio
Key-words: Sustainability, sustainable development, eco-neighborhood
Mots-clé: Durabilité, aménagement durable, eco-quartier
Aunque las voces autorizadas de alarma con respecto a los peligros
que entraña un modelo de industrialización concebido y desarrollado
con arreglo algunos principios que se han revelado erróneos -tales
como que los recursos son ilimitados, que la capacidad del planeta
de restituir el equilibrio de los ciclos naturales es infinita, o
que la ciencia y la técnica siempre llegan a tiempo para ofrecer
soluciones óptimas a los problemas más graves- ya se remontan a
casi medio siglo, es sólo a partir de las últimas décadas cuando la
evidencia ineludible en términos de degradación, escasez de
recursos y síntomas de transformaciones anómalas en las pautas
naturales globales han conducido a la constatación acelerada de que
dichos fundamentos precisaban una urgente revisión.
Esta toma de conciencia respecto a la indudable relación causal
entre unos problemas ambientales cada vez más agudos y las formas
de producir, consumir, habitar y desplazarse que han caracterizado
las sociedades industrializadas desde hace casi dos siglos ya no
permite seguir manteniendo por más tiempo la concepción de la
naturaleza como el enemigo ancestral a vencer o como un simple
escenario separado y estático en el que la humanidad puede
desarrollar sin consecuencias cualquier modelo de organización
productiva y social. La propia lógica de globalización asociada al
desarrollo del modelo industrializado ha contribuido a poner aún
más de manifiesto la compleja red de causas y efectos que
interrelaciona todos los procesos planetarios y a convertir en
imprescindible la visión holística e integradora que caracteriza la
ecología como ciencia.
Y es en este sentido en el que ya no se puede hablar del medio
ambiente como de un compartimento estanco en el que es posible
actuar a base de soluciones específicas sin conexión con los demás
ámbitos de la realidad, ni del respeto a la naturaleza como de un
proceso unívoco, sino que es preciso y urgente concebirlos como el
marco de referencia incuestionable para cualquier intervención
humana.
Hacer frente a los problemas ambientales desde este enfoque es,
pues, uno de los retos ineludibles que plantea el siglo que entra
y, como tal desafío, hay que aceptarlo como un proceso abierto del
que no se pueden garantizar los resultados, -y menos aún cuando
todavía hoy las tendencias dominantes de degradación ambiental
mantienen su inercia-, pero también como una estimulante
oportunidad de reconducir hacia un modelo de equilibrio las
relaciones de la humanidad con la biosfera de la que forma parte.
Al margen de estas cifras, lo cierto es que la gran mayoría del
territorio que no está ocupado directamente por las ciudades está
también al servicio de las mismas. En este sentido, es muy útil el
concepto de huella ecológica de una ciudad, desarrollado por
Mathis
Wackernagel y
William Rees [Wackernagel, M. & Rees W. , 1996] y
que se refiere, en términos sintéticos, a aquella extensión de
terreno que una determinada ciudad precisa para mantener todas sus
funciones productivas y vitales. El que esta huella sea, por
ejemplo, de 120 veces la superficie ocupada por Londres, en el caso
de esta metrópolis, o de 175 veces en el caso de Vancouver, es tal
vez el indicador más claro tanto de que el modelo imperante es
fundamental e inevitablemente urbano como del impacto global del
mismo modelo: Para que toda la población mundial pudiera vivir con
el nivel de consumo de un americano medio, se precisaría una
superficie equivalente a dos veces la del planeta tierra.
Esta constatación, unida a la reveladora cifra según la cual
aproximadamente un 20 % de la población mundial, correspondiente a
los países más industrializados y urbanizados y a las élites
urbanas de los más pobres, consumen el 80 % de los recursos totales
planetarios, permite entender que la clave de los más graves
problemas ambientales se encuentra en las ciudades, verdaderos
sumideros de recursos, voraces consumidoras de energía y
productoras ingentes de residuos. Desde esta perspectiva, el
problema no está tanto en el crecimiento demográfico en sí, un
argumento esgrimido con frecuencia desde los países más
industrializados, como en la desigual distribución de los recursos
y las cargas entre los países ricos y los países pobres, los
centros y las periferias o el campo y la ciudad.
Así pues, el panorama que surge al acercar la mirada a un escenario
más próximo no hace sino confirmar la visión global que
constatábamos al considerar el carácter transversal de la óptica
ambiental: dentro de la expansión imparable de lo urbano,
convertido todo el territorio en escenario de la actividad humana,
aparece como aún más artificiosa la separación entre lo que son los
productos de esta actividad y lo que se ha venido en llamar
naturaleza, una artificiosidad que los problemas ambientales,
transfronterizos y transculturales, no hacen sino poner aún más de
manifiesto.
Abordar, pues, estos problemas exige, por una parte, el esfuerzo
permanente del cambio de escala, buscando en cada caso la más
adecuada con vistas a la intervención, y por otra, hace
imprescindible la coordinación, la búsqueda de visiones conjuntas
y de objetivos comunes.
Detrás de esta concepción, que aún persiste en determinados ámbitos
a pesar de la evidencia desastrosa de sus consecuencias, subyace
una elemental confusión entre los términos desarrollo y
crecimiento, así como una subestimación de la velocidad a la que se
producen los procesos exponenciales de agotamiento de recursos y de
deterioro ambiental. Por otra parte, en lo que respecta al ámbito
de la energía, esta concepción es ajena a una realidad
incuestionable como es que la única energía exterior, y por tanto
virtualmente inagotable, que entra en el planeta es la de sol, de
la cual derivan todas las demás, y que todas las forma de energía
altamente concentrada, base del actual modelo, llevan asociadas
dimensiones temporales muy superiores a las humanas, ya sea en su
formación (combustibles fósiles) o en la vida de los residuos
producidos (fisión y fusión nuclear).
El concepto de desarrollo sostenible, que comenzó a formularse en
los años setenta bajo el término de «eco-desarrollo» y que fue
perfilándose a lo largo de las dos siguientes décadas, se basa, por
el contrario, en la constatación, corroborada por otra parte por el
sentido común, de que en la naturaleza nada crece indefinidamente,
sino que, al alcanzar determinados umbrales máximos, en todo
proceso se produce el colapso y la degradación y las componentes
degradadas o fragmentadas pasan a formar parte de nuevos procesos
de desarrollo. Concebida dentro del contexto global de la biosfera,
la idea de desarrollo va pues indisolublemente unida a la de ciclo,
según la cual los residuos de unos procesos se convierten en la
materia prima de otros, dentro de un equilibrio dinámico que
permite la autorregulación y la retroalimentación de todo el
sistema.
Fundamental dentro de esta concepción es la idea de entropía,
proveniente de la termodinámica, que introduce la variable tiempo
dentro del escenario. Formulada de forma esquemática, esta variable
indica que, dentro de un sistema cerrado, es decir, sin
aportaciones del exterior, no existen procesos reversibles y que
toda forma de materia y energía tiende a degradarse hacia formas de
menor calidad, disipándose en la forma de residuos menos complejos
y calor. En el caso de la tierra, tan sólo la aportación externa
del sol, que hace del planeta un sistema abierto, permite restituir
la reversibilidad de ciertos ciclos, permitiendo la vida y
manteniendo el equilibrio de la biosfera. Esta aportación exterior,
sin embargo, responde a los ritmos de tiempo solares, literalmente
cósmicos, que no admiten ninguna forma de aceleración, de modo que
muchos de los procesos de degradación son irreversibles desde la
escala humana.
Esta perspectiva, que sitúa en el centro del escenario el bienestar
humano, es uno de los elementos fundamentales dentro del
pensamiento ecológico y de la idea de sostenibilidad, en el que es
imprescindible hacer hincapié para romper con la falsa dicotomía
que opone la atención hacia el medio ambiente respecto a la del
desarrollo. De hecho, forma parte de la definición más difundida de
desarrollo sostenible, la contenida en el ya famoso documento
Nuestro Futuro Común, elaborado en 1987 por la Comisión Mundial de
las Naciones Unidad sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo y más
conocido como Informe Brundtlandt:
"Desarrollo sostenible es aquel desarrollo que satisface las
necesidades de la generación presente sin poner en peligro la
capacidad de las generaciones futuras de satisfacer las suyas"
Sin embargo, y como ocurre con todo concepto asociado a un nuevo
paradigma en etapa de consolidación, son aún muchas las
ambigüedades e indefiniciones en torno a este término, que, tras la
significativa pérdida del prefijo eco que poseyó en un principio,
en muchas ocasiones se ve sometido a tergiversaciones de
significado destinadas a asociarlo con la idea antagónica de
«crecimiento sostenido». De hecho y paradójicamente, esta
interpretación insidiosa es precisamente la que se hace más
frecuente a medida que el término se generaliza y alcanza nuevos
ámbitos.
Esta recuperación tergiversada y banal del término y del enfoque
ecológico en general para dar lugar a las estrategias actuales de
«tintado de verde» o greenwash no es, naturalmente, algo nuevo y se
ha producido siempre que un nuevo paradigma ha entrado
históricamente en liza, desde la idea de progreso a la de
socialismo. Y, como ha ocurrido siempre, también en este caso es
preciso hacer frente al fenómeno de recuperación antagónica, ya sea
abandonando el término para acuñar uno nuevo, o haciendo uso del
mismo, pero dotándolo de nuevo contenido. Se pueden acumular
argumentos a favor de cualquiera de las dos posturas, pero tal vez
el pragmatismo aconseja no apresurarse a tirar por la borda un
concepto en un momento en que aún contiene una promesa de ruptura
con las prácticas más destructivas de gestión del planeta, sino
tratar de reforzar aquellos elementos del mismo que pueden
contribuir a acelerar dicha ruptura, facilitando la asunción del
nuevo paradigma.
Aceptando, pues, la idea de sostenibilidad como un ámbito vasto,
difuso y lleno de contradicciones en el que confluyen todas las
reflexiones, propuestas y elaboraciones concebidas a lo largo del
siglo XX desde los campos más diversos de la ciencia, la filosofía
y la ideología en torno a la relación del hombre con su entorno
vital, la tarea a cumplir consistiría en establecer aquellos
criterios que, por una parte, suscitan un mayor consenso entre
quienes han reflexionado y reflexionan desde la teoría y la
práctica sobre dicha relación, y que, por otra, pueden ayudar a
dotar al concepto de una estructura más sólida que dificulte su
interpretación banalizada y facilite su uso como herramienta de
transformación.
De acuerdo con este objetivo, y considerando siempre el bienestar
humano como fundamento de la sostenibilidad, los criterios o
principios que se van a exponer a continuación no son sino una
contribución a esta tarea que, en último extremo, sólo puede ser
producto de un debate colectivo y generalizado.
Esto se hace especialmente palpable al traducirse esta idea a
ámbitos concretos, ya sea la producción industrial, la agricultura
o el sistema educativo, y al generarse así nuevas formulaciones y
adaptaciones que ponen de manifiesto nuevos problemas y
oportunidades.
No obstante, el campo privilegiado para la aplicación del concepto
de sostenibilidad, y por tanto aquel en el que más encarnizadamente
va a librarse la batalla por la recuperación del concepto, es el
del territorio, pues es el escenario donde confluyen todas las
fuerzas en activo de un modelo planetario que, como hemos visto,
puede definirse como fundamentalmente urbano. Y es de la traducción
a este campo de todos estos principios generales de donde ha
surgido a su vez la constelación de criterios que caracterizan esa
nueva herramienta en proceso de consolidación que se puede
denominar urbanismo sostenible.
Debido quizás precisamente a este carácter de práctica aún
relativamente marginal con respecto a la generalidad de las
intervenciones sobre el territorio, puede decirse que en este
momento el ámbito del urbanismo sostenible está dominado aún por la
convergencia entre planteamientos y criterios, aunque, como hemos
mencionado, ya están sentadas las bases y establecidas las
posiciones para un debate, por el momento soterrado, en torno a la
interpretación del paradigma ecológico. Donde más claramente se
perciben las simas entre estas diferentes interpretaciones y
prácticas que se reclaman de la sostenibilidad es en el ámbito de
la arquitectura [Verdaguer, 1998].
Por el momento, sin embargo, y al menos en el campo de urbanismo,
resulta más operativo atender a las áreas de consenso y
convergencia para establecer la batería de criterios básicos que
pueden servir para caracterizar la idea de urbanismo sostenible.
El primero es que los objetivos generales expuestos deben y pueden
cumplirse a todas y cada una de las posibles escalas de
intervención, ya se trate de un proyecto arquitectónico, de una
intervención en tejido urbano o de una propuesta de planificación
territorial.
El segundo aspecto se refiere a la necesidad de cumplir estos tres
objetivos de forma conjunta y simultánea y tanto a nivel local como
a nivel global. En este sentido, no se puede considerar realmente
sostenible una intervención, por muy bien integrada que esté en su
entorno o por muy eficaz que sea desde el punto de vista del ahorro
energético, si no contribuye de forma efectiva a mejorar la calidad
de vida de los afectados por la misma. Del mismo modo, no se podrá
considerar sostenible una alternativa que cumpla los tres objetivos
a nivel local a costa de un gran impacto global en relación con
cualquiera de ellos.
Este segundo aspecto reviste una especial importancia, pues es aquí
donde se producen las divergencias y las quiebras en el discurso de
la sostenibilidad, cuando se sitúa el énfasis en uno u otro de los
tres objetivos en detrimento de los demás, elevando determinadas
prácticas a la categoría de ejemplares por algún aspecto específico
y en ocasiones muy secundario. Habida cuenta de la dificultad real
que plantea el cumplimiento conjunto de todos los objetivos, no se
trata de renunciar a destacar como positivos determinados aspectos
parciales sino de contrastar continuamente estos rasgos
particulares con el contexto global para situarlos en perspectiva
y otorgarles su justo valor. De hecho, es este imprescindible rigor
en la aplicación de los criterios de sostenibilidad el único modo
de contribuir a multiplicar la capacidad ejemplar de las
intervenciones parciales, revelando sus oportunidades y carencias.
Si todo esto es claramente aplicable en los extremos de la escala
urbana, es decir, en el ámbito «micro» del objeto arquitectónico y
el «macro» de la planificación territorial, es en la escala
intermedia, la que se refiere al ámbito propiamente urbano, donde
más se ponen de manifiesto las virtudes y los defectos de los
diversos enfoques de lo urbano, pues ese es el ámbito por
excelencia de la vida cotidiana de los ciudadanos.
Son muchos los modelos y los planteamientos generados por la
aplicación a este ámbito intermedio de los criterios de
sostenibilidad y, en ese sentido, el debate y la reflexión siguen
abiertos en torno a lo que se entiende por «ciudad ecológica». No
es éste el momento de entrar a fondo en este debate, cuyo eje
fundamental es el problema del crecimiento urbano, pero sí es
importante señalar que las diferencias y contradicciones, así como
los solapamientos y conexiones existentes entre las diversas
opciones y propuestas que caracterizan este panorama diverso y
complejo, provienen precisamente del mayor énfasis otorgado a uno
u otro de los criterios o conjuntos de criterios que hemos
expuesto, así como de la diferente perspectiva adoptada frente al
mencionado problema del crecimiento.
De entre todas estas ideas y formulaciones, sin embargo, hay
algunas que han ido adquiriendo cada vez mayor carta de naturaleza
en todos los discursos que se reclaman de la ecología urbana,
suscitando un consenso cada vez mayor. Si en el ámbito territorial
la reflexión ecológica gira en torno a conceptos tales como las
eco-aldeas, los llamados «pedestrian pockets» y otros conceptos
similares, entre los que caben todo tipo de variaciones, en el
ámbito puramente metropolitano, la idea fuerza en la que confluyen
de forma más clara los diversos criterios de sostenibilidad que
hemos ido desgranando es la de ecobarrio.
La concepción de la ciudad como un conjunto de piezas a la vez
interconectadas y con un alto grado de autonomía, que funcionan
como escenario cotidiano de articulación entre lo local y lo
global, por una parte, y la idea de la regeneración ecológica de la
ciudad como marco fundamental de actuación, por otra, son los dos
pilares fundamentales sobre los que descansa la idea de ecobarrio.
Es esta idea la que vamos a examinar con mayor detalle en la última
parte de esta aproximación desde lo general a lo particular por la
escala de la sostenibilidad urbana.
Esta necesidad de mantener una inserción adecuada en su entorno,
con una fluida relación transversal con los barrios y áreas
limítrofes, con un buen acceso a los servicios y equipamiento de
carácter central y una buena conexión con las redes globales,
constituiría uno de los rasgos distintivos de un ecobarrio bien
integrado. Rasgos distintivos de un ecobarrio serían también el
respeto a las preexistencias y los hitos considerados signos de
identidad cultural local, el respeto y la integración de los
elementos paisajísticos y la preservación de las áreas naturales.
Sin embargo, si hubiera que resumir en tres rasgos esenciales la
imagen de un ecobarrio éstos serían la densidad, la mezcla de usos
y el predominio del transporte público, ciclista y peatonal sobre
la movilidad basada exclusivamente en el vehículo privado. En
efecto, en estos criterios confluyen y se solapan sinérgicamente
muchos de los factores que contribuyen a la sostenibilidad de un
sistema urbano:
En términos generales, sin embargo, se puede establecer que las
tipologías globalmente más despilfarradoras y las que más problemas
ambientales generan, cuando una extensión considerable del tejido
se reduce a ellas, son las que se sitúan en los extremos de la
escala: la vivienda unifamiliar y la torre.
Algo similar puede afirmarse con respecto a la movilidad dentro de
un ecobarrio, donde no se trata de desterrar al vehículo privado,
sino de tomar medidas para invertir la tendencia destructora a su
dominio absoluto del espacio público, haciendo una apuesta decidida
por las formas de movilidad del futuro. Es precisamente en este
ámbito donde se están produciendo las propuestas urbanas europeas
más innovadoras y de mayor éxito, presididas por un concepto cada
vez más asumido como es el de calmar o templar el tráfico.
Por último, la escala de barrio resulta especialmente apropiada
para hacer frente a la gestión integrada de los flujos de energía
y materia, uno de los criterios fundamentales del urbanismo
sostenible. En efecto, es en esta escala intermedia donde mejor
respuesta se puede ofrecer a medidas tales como la gestión de la
demanda de agua, la recogida selectiva y el tratamiento de los
residuos o la asistencia técnica y el mantenimiento de los sistemas
de energía renovable.
La imagen que surge de este conjunto de criterios corresponde a un
paisaje urbano formado por edificios compactos y bien orientados,
equipados para hacer el mejor uso de las energías renovables y bien
conectados con las redes de información y comunicación global,
calles y espacios públicos concebidos para una cómoda circulación
peatonal, sin barreras arquitectónicas, equipamientos fácilmente
accesibles, abundante vegetación adaptada al clima, lugares de
trabajo y comercio entreverados con las áreas residenciales, etc.
no es sino una versión moderna y más sostenible de lo que se ha
venido en llamar ciudad mediterránea [Rueda , 1995], un modelo que
recibe cada vez más atención ante la constatación del fracaso en
cuanto a impacto ambiental y a calidad urbana de los modelos
basados en el urban sprawl, la zonificación a ultranza o la
hiperdensidad. En ese sentido, los países del sur de Europa cuentan
ya con un patrimonio urbano y cultural, así como con unas
condiciones climáticas particularmente favorables, para abordar
desde una posición de ventaja el reto de la sostenibilidad urbana.
La dificultad a la hora de hacer frente a este conglomerado de
intereses desde la óptica ecológica estriba en que es precisamente
de su seno de donde provienen algunas de las versiones de la propia
idea de sostenibilidad y, como ya hemos visto, el propio concepto
de desarrollo sostenible debe su ambigüedad a que constituye, en
realidad, un intento depurado y lampedusiano de salvaguardar la
propia idea de crecimiento por parte de dicho aglomerado de
intereses.
No obstante, como ya hemos reiterado a lo largo del presente texto,
hay que huir en lo posible del debate de los términos para
profundizar en el de los contenidos. Sólo a partir del rigor y la
coherencia en la formulación de estos contenidos se podrán combatir
los intentos espúreos y cada vez más generalizados de utilizar las
preocupaciones ambientales como medio para seguir alimentando los
procesos destructivos de extensión de lo urbano.
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Fecha de referencia: 15-11-2000
| Boletín CF+S > 14 -- Hacia una arquitectura y un urbanismo basados en criterios bioclimáticos > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n14/acver.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
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