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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Marta Román
Geógrafa
Madrid (España), abril 1995
La movilidad creciente de personas y de mercancías es una de las
características más destacadas de la metrópoli actual. Dentro de
la concepción vigente del desarrollo económico y social, factores
como la motorización, la velocidad, los intercambios y el
movimiento en general de personas y mercancías son signos de
progreso y modernidad que no sólo no se deben frenar sino que se
deben favorecer.
La ciudad se va expandiendo en el espacio circundante apoyada en
grandes ejes viarios. Se diseñan y construyen enormes áreas de
servicios y equipamientos siendo cada vez más necesarios para el
acceso a los mismos los modos de transporte motorizados. El coche
ha inundado la ciudad: el espacio que utiliza para circular y
aparcar lo ha detraído de otros usos tradicionales, el aire se
ha llenado de ruidos y de humos, la ciudad se ha hecho
inhabitable. El deterioro de la habitabilidad de la ciudad se
asume como uno de los costes del progreso para que nos movamos
más y mejor. Pero... este aumento de movilidad ¿es realmente un
logro y un avance para todos? ¿Cómo afecta a los distintos grupos
sociales la irrupción y la creciente necesidad del vehículo
privado?
La hipótesis de partida es que este modelo de ciudad se apoya en
una escala de valores cuya plasmación espacial afecta de distinta
manera a los grupos sociales en función del género y la edad. Los
tres ejes de este modelo urbano son:
Dejando al margen las funciones urbanas no circulatorias, la
prioridad que se da a los desplazamientos producidos por motivo
de trabajo hace que no se perciba la importancia de otro tipo de
desplazamientos en la ciudad, cuando los viajes por motivo de
trabajo suponen como mucho un 30% de los desplazamientos que se
realizan a diario. De esa manera, por ejemplo, los viajes por
estudios, que representan el 34% de los desplazamientos que se
realizan diariamente en la ciudad, están infravalorados en la
planificación del tráfico y del transporte.
También el modo de transporte en el que se realizan estos
desplazamientos queda distorsionado por la percepción actual de
que "todo el mundo va en coche" cuando los viajes a pie siguen
siendo una aplastante mayoría (51,1%) seguidos del transporte
colectivo (25,6%) y alrededor de un 20% de los desplazamientos
diarios en el área metropolitana se realizan en vehículo privado.
Hay una fuerte relación entre el destino del viaje y el modo de
transporte utilizado. Así, exceptuando el motivo trabajo, todos
los desplazamientos que se realizan por otros motivos en Madrid
se efectúan a pie en su mayoría (entre las amas de casa el 71%
de sus viajes los realizan andando y los estudiantes en un 67%).
La fuerte relación que hay entre el tipo de desplazamiento y el
modo de transporte corrobora la hipótesis de que el modelo de
tráfico y transporte que se ha venido construyendo sobrevalora
el motivo trabajo y sobrevalora el automóvil como medio de
transporte. De todos los desplazamientos realizados en vehículo
privado, el 60,7% tienen como destino el trabajo.
Es más, la planificación y los proyectos en ciernes mantienen,
diseñan y construyen una metrópoli cimentada en los mismos
supuestos, a saber: lo importante en la ciudad es el movimiento
y, dentro del movimiento o los desplazamientos, la prioridad
establecida es la de los que van al trabajo en automóvil. Aumento
y ampliación de las vías de acceso, dominio del viario interior
por el automóvil y aparcamientos son algunos instrumentos para
responder a esa sobrevaloración.
Por ello, esta metrópoli que está creciendo en extensión apoyada
en grandes vías, los espacios monofuncionales, creando parques
alejados del tejido urbano, con un crecimiento residencial
diseminado, en definitiva, la ciudad dependiente del coche ¿para
quién ha sido creada? ¿Quién puede acceder a estos equipamientos
y servicios autónomamente?
La tenencia de carnet de conducir es un buen indicativo para
conocer la autonomía de la persona para, por ejemplo, poder
utilizar libremente la M-40, ir sin necesidad de chófer a comprar
a los Pryca, visitar el parque Juan Carlos I, e incluso ir a la
propia vivienda adosada sin estar pendiente de los escasos
transportes públicos que puede haber en estas zonas de población
diseminada.
Analizando la tenencia de permisos de conducir, lo primero que
destaca es que la población con carnet con respecto a la
población total representa una minoría (39,6% del total). Es
decir, que es mayoritaria la población que no puede disponer de
un vehículo por su cuenta (60,4%) y, por lo tanto, que no puede
acceder autónomamente a cada vez un mayor número de bienes y
servicio, ni "disfrutar" de las infraestructuras que se están
creando para el automóvil.
La segunda cuestión que sale a la luz es que dentro de los que
tienen permiso de conducir se ve que hay una clara diferenciación
por sexo: el 68% de los permisos son masculinos frente al 32% que
están en manos de mujeres.
Sólo hay unos grupos de edad y sexo donde la tenencia de permisos
de conducir es mayoritaria y es en los de edades comprendidas
entre los 25 y los 45 años y de sexo masculino. En este grupo de
población se encuentran las personas que deciden las inversiones,
quienes escriben en los periódicos, en definitiva, los que crean
opinión y han convertido el problema del tráfico motorizado en
"el problema" y mantienen la idea de la necesidad de seguir
enterrando el dinero en infraestructuras viarias como si fuese
la demanda principal del conjunto social.
Que este grupo de conductores se mueva a sus anchas tiene un
enorme coste social para el resto de los no conductores. El que
unos ciudadanos puedan ir a 80 km. por hora en una calle es a
costa de borrar de la escena pública a quien no puede ir a esa
marcha, como a los niños solos, a ancianos y a discapacitados y
deteriorar las condiciones de la mayor parte de los ciudadanos
que, como se ha visto, se mueve a pie.
Las personas con problemas de movilidad, bien por edad o por
condición física, han visto enormemente dañada su autonomía. Este
grupo de personas, que incluye niños, ancianos y discapacitados
temporales o permanentes suponen la cuarta parte de la población
total.
Los niños han salido muy mal parados de esta apuesta por la
hipermovilidad. La drástica pérdida de autonomía que han sufrido
los niños en estos últimos veinte años ha sido espectacular y no
se es consciente de las repercusiones que este hecho tiene para
su desarrollo como personas e, incluso, para su salud física.
Según un estudio realizado en Inglaterra con escolares, cuyos
resultados se han de asemejar a los que se obtendrían aquí con
un pequeño desfase temporal, en el año 1970 el 80% de los niños
de 7 y 8 años iban solos al colegio, en 1990 los niños que se
mueven a estas edades solos representan un 9%. Hoy en día a los
niños de nueve años sólo a la mitad se les permite cruzar solos
una calle sin un adulto, sólo a un tercio se les permite salir
a la calle sin compañía de una persona mayor y sólo a uno de cada
diez se les permite coger autobuses por su cuenta, hace veinte
años la mayoría de los niños realizaban estas actividades por sí
solos.
Este recorte de libertad de los niños no sólo les afecta
negativamente a ellos sino que también ha restado libertad a los
padres y principalmente a las madres que tienen que ocuparse de
estar en casa confinadas con los niños o convertirse en
vigilantes permanentes cuando salen al espacio público. Las
madres se convierten así en acompañantes, transportistas y
vigilantes de niños no sólo a una edad temprana cuando esto es
necesario para el período de aprendizaje y socialización, sino
también a edades en que sobradamente podrían los niños utilizar
por sí solos el espacio público.
Por ello, las cifras triunfalistas que manejan los responsables
de tráfico de la administración central, regional o autonómica,
sobre la disminución de víctimas de atropellos en todas las
edades y, en especial, en la de los más pequeños, de 0 a 4 años,
que han pasado en esos mismos veinte años de 1.097 en 1970 a 417
en el año 1992, hay que relacionarlas directamente con la
reclusión forzada a la que se han visto sometidos los niños y la
constante vigilancia que tienen que ejercer sus padres sobre
ellos cuando se encuentran en el espacio público; hay que
relacionarlas con el miedo, con el auténtico pavor y la
preocupación que genera el peligro del tráfico, peligro que,
indudablemente se ha multiplicado en las últimas décadas.
Este hecho tiene graves repercusiones no sólo en el recorte de
libertad que sufren los niños, sino también por las consecuencias
que tiene para su salud por la falta de ejercicio físico. Hoy en
día se habla del sedentarismo de lo niños, del "colesterol" y de
la "tele-adicción" y rara vez se relacionan estos hábitos,
considerados nocivos, con la reclusión forzada a la que se somete
a los niños como consecuencia del orden de prioridades mencionado
más arriba.
Las personas mayores también se han visto excluidas de este
modelo de ciudad. La terciarización del centro, los espacios
monofuncionales alejados de la ciudad a los que se han trasladado
parte de las actividades y servicios que antes les resultaban
accesibles y la degradación de la calle para su estancia y uso
han confinado también a los ancianos en sus viviendas. También
este grupo social es especialmente sensible a la peligrosidad del
automóvil, mientras que las personas mayores de 65 años suponen
el 13% de la población total, el porcentaje de ancianos
accidentados representa el 24,4%.
La tradicional tarea de las mujeres como cuidadoras del resto de
los componentes de la familia hace que también repercuta sobre
ellas la menor autonomía de los ancianos. A su vez, las mujeres
se ven en mayor número afectadas porque en los estratos de edad
avanzada hay una clara mayoría femenina. En la Comunidad de
Madrid de cada 100 hogares formados por personas solas de la
tercera edad, 85 de ellos están compuestos por mujeres.
La mujer se ha incorporado al mercado laboral pero este hecho no
ha supuesto un cambio profundo en las reglas de juego, asumiendo
la mujer trabajadora los conflictos de un espacio no adaptado a
sus necesidades. Los datos que arrojan distintas encuestas sobre
la dedicación femenina y masculina a las tareas del hogar siguen
mostrando desequilibrios muy fuertes. Aún trabajando la mujer
fuera de casa siguen recayendo sobre ella las tareas relacionadas
con los hijos y el hogar. Según un estudio del Ministerio de
Asuntos Sociales, la mujer dedica el triple de tiempo a su
familia y al hogar que el hombre y, en concreto, actividades como
la compra, según una encuesta de una casa comercial tan sólo un
7% de las mujeres encuestadas contestaron que su pareja hacía la
compra.
Las mujeres que trabajan fuera del hogar tienen que realizar esa
doble jornada, también unos dobles desplazamientos; por un lado
para satisfacer las necesidades del núcleo familiar y, por otro
lado, para acudir a su trabajo. Las mujeres empleadas fuera del
hogar, en prácticamente todas las escalas socio-profesionales,
acaparan los ratios superiores de movilidad. Por ejemplo, la
mujer empresaria realiza de media 3,17 viajes al día frente a los
2,95 que realizan los hombres de este nivel profesional. La
operaria no especializada realiza 2,56 viajes al día frente a los
2,34 que realiza un varón en su misma ocupación.
Los conflictos que a diario sienten muchas mujeres ante esta
dualidad, esta doble jornada, estos dobles desplazamientos hace
que se busquen distintas soluciones para aliviar esta
inadecuación entre la vida pública y privada. Por ahora, la mayor
parte de los planteamientos que han salido a la luz pública no
ponen en cuestión el orden de prioridades en la ciudad, ni el
modelo espacial y de transportes que aleja cada vez más los usos,
crea dependencias y hace que la calle sea un lugar peligroso e
inhabitable.
Por ahora las voces que se han oído, incluso procedentes de algún
grupo de mujeres, lejos de poner en cuestión las raíces de los
conflictos (la sobrevaloración de los aspectos laborales-económicos-monetarios de la ciudad, la sobrevaloración de la
circulación y la sobrevaloración del vehículo propio y el reparto
de papeles según el género), plantean soluciones cosméticas como
la ampliación de los horarios comerciales para que la mujer siga
llegando y abarcando todas las tareas asignadas, la prolongación
de los horarios de guarderías y colegios, etc.
En este sentido, las propuestas de ampliación de aparcamientos
frente a los colegios, recogido en el II Plan de Igualdad, es
otro síntoma del desconcierto que hay para adaptar el espacio a
la nuevas necesidades de las mujeres.
Tanto en este caso como en el de la ampliación de horarios
comerciales, estas "soluciones" contribuyen a reforzar las
tendencias más perversas del modelo, favoreciendo la expansión
del uso del automóvil y la pérdida de accesibilidad peatonal y
autonomía de todos.
Frente a ese tipo de opciones, la mayoría de las mujeres, los
niños, los ancianos e incluso, me atrevería a decir, la mayoría
de esos varones que pierden 250.000 horas al día en los trayectos
congestionados que les conducen a sus puestos de trabajo, tienen
la posibilidad de construir un discurso diferente; un discurso
que se concreta en necesidades y propuestas derivadas de un uso
de la ciudad y de los medios de transporte distinto. Empezando
por la reconstrucción de la calle como espacio multifuncional,
capaz de ofrecer cabida a usos tradicionales de la calle como
lugar de juego y encuentro social, cabida para ofrecer
accesibilidad a todos y no sólo al automóvil, un espacio capaz
de facilitar los desplazamientos para todos los motivos de viaje
y capaz de hacer más fácil el reparto de las tareas por el simple
hecho de que éstas también sean más agradables y sencillas.
Fecha de referencia: 1-6-2000
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