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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Casilla de correo 13125
Montevideo 11700
Uruguay
[1]
América Latina posee la peor distribución de la riqueza en el
mundo. La distancia entre los ricos y los pobres es abismal, y
mucho más alta que la registrada en los países industrializados o
en otras regiones del Tercer Mundo. El continente posee el dudoso
privilegio de tener personas muy ricas, incluso a escala
planetaria, junto a indigencia en condiciones extremas. Si bien en
algunos países, la proporción de pobres se ha estabilizado, el
número absoluto no ha dejado de crecer.
El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ha analizado este
problema y mantiene activas estrategias con el supuesto objetivo de
resolverlo. El objetivo de este artículo es precisamente dar a
conocer las recientes ideas del BID sobre las limitaciones al
desarrollo en América Latina, especialmente a partir de sus
reportes anuales para 1997 y 1998-99.
Sorpresivamente, el BID defiende un determinismo geográfico y
ecológico, donde la inequidad se correspondería con la latitud y
bajo una mayor riqueza ecológica, más se deterioran las opciones de
desarrollo. Se asoma un fatalismo tropical, donde las naciones
ecuatoriales parecen destinadas a la pobreza. Estas ideas han
pasado casi desapercibidas, aunque merecerían detallados estudios,
en especial por sus implicaciones sobre las políticas del banco,
así como sus repercusiones en los gobiernos de la región.
La explotación de los recursos naturales, sigue explicando el BID,
genera una renta que va a unas pocas personas, se desenvuelve por
prácticas que requieren empleo reducido y una mínima educación, lo
que junto con el concurso de otros factores termina desencadenando
la situación de pobreza y desigualdad actual. El banco defiende un
determinismo geográfico, donde los países tropicales, más cercanos
a la línea del Ecuador, al poseer comparativamente mayores
dotaciones de recursos naturales, terminan degenerando hacia
condiciones de pobreza.
La forma en que se distribuye la propiedad de los bienes
productivos es tan importante para la distribución del ingreso como
lo son los volúmenes de esos recursos. En este terreno, segun el
BID, América Latina está en desventaja ya que la propiedad sobre
los recursos naturales y las oportunidades para la educación están
muy concentradas. Entonces el crecimiento económico y las nuevas
oportunidades económicas que se brindan no están equitativamente
disponibles para todos los grupos de población. Muchos coincidirían
con esa afirmación, y de hecho eso es parte del problema. Pero el
razonamiento del BID da pasos en otro sentido.
América Latina tiene aproximadamente la misma cantidad relativa de
capital físico que otras regiones del mundo, pero se diferencia a
la vez por una mayor abundancia en recursos naturales y por menores
indicadores en capital humano. Esos dos extremos se asociarían para
explicar la gran concentración del ingreso. El BID realiza una
serie de análisis, donde correlaciona los niveles de desigualdad
(medidos por el coeficiente de Gini[2]), con la disponibilidad de
recursos. Encuentra que la mayor correlación se da entre la latitud
y la desigualdad, afirmando que "Los países cercanos al ecuador
poseen sistemáticamente mayores inequidades en el ingreso, incluso
despues de tener en cuenta el hecho de que los países en los
trópicos tienden a ser menos desarrollados que los países en otras
regiones templadas. Esto es verdad a nivel global, y también en
América Latina." El análisis del banco avanza todavia más: "los
países tropicales, especialmente cuando sus economías son
intensivas en tierra y recursos minerales, tienden a ser más
desiguales", ya que éstos usan intensivamente la tierra, una mayor
proporción del ingreso se acumula en ella, y tiende a convertirse
en un bien con una propiedad más concentrada. Las tierras
tropicales y sus cultivos ofrecerían la posibilidad de grandes
economías de escala bajo condiciones climáticas más adversas y con
menores innovaciones tecnológicas que en zonas templadas. El
resultado ha sido, según el BID, una baja productividad relativa
del trabajo en los trópicos, que ha deprimido los salarios
fomentando empleos sin calificación. A todo esto, el banco agrega
que los recursos naturales son sumideros de capital en tanto
succionan capitales intensamente, haciéndolo todavia más escaso
para otros fines (por ejemplo, la industrialización), y generando
poco empleo.
Una vez establecido el marco general de las ideas del banco, pueden
comenzarse a analizar los conceptos que lo fundamentan. Estas
posiciones se presentan en los reportes anuales de 1997 y
1998-1999, que a su vez reproducen secciones de un artículo de
Michael Gavin, investigador del banco, y
Ricardo Hausman,
economista jefe del BID y uno de sus jerarcas más influyentes.
También debe destacarse otro estudio, por
Juan Londonio y
Miguel
Szekely, integrantes de la Oficina del Economista Jefe. Estos
análisis a su vez deben mucho a
Jeffrey Sachs y sus colaboradores
del Harvard Institute for International Development.
El modelo del BID indica que el proceso de industrialización de
América Latina fue defectuoso, contrastándolo con la exitosa marcha
de los EE UU. La diferencia sería, segun el banco, que los
trabajadores rurales estadounidenses recibían sueldos que permitían
una buena vida en el campo, de donde era necesario elevar a ese
nivel los salarios industriales urbanos para atraer mano de obra.
Bajo esas condiciones la industrialización tiene lugar con salarios
altos y, supuestamente, eso fue lo que ocurrió en los EE UU. En
cambio eso no sucedería en América Latina ya que en el trópico los
trabajadores rurales reciben bajos salarios, de donde la
industrialización tiene lugar en una oferta de salarios bajos. Esas
fuentes de trabajo no son atractivas y los potenciales obreros
deciden por quedarse en el campo.
Nuevamente este modelo lleva a la sorpresa, y parece olvidar los
bajos niveles de vida de la población rural en EE UU y Europa
continental durante buena parte del siglo XIX e inicios del XX, la
expulsión masiva de inmigrantes desde Europa hacia América, asi
como las migraciones internas hacia las ciudades. Asimismo, en el
caso Latinoamericano tampoco da cuenta de la expulsión rural por
falta de trabajo, que nutrió los cinturones de pobreza de las
urbes, donde esos recién llegados tampoco encuentran empleo. Esas
personas no condicionan el ingreso a un empleo por el nivel
salarial, tal como indica el banco, sino que están a la busca de
cualquier trabajo.
El BID también considera que otras limitaciones se deben a los
caracteres de los cultivos tropicales, como el algodón, el azúcar
y el tabaco, los que se producen con eficiencia en plantaciones de
gran escala, y que ello es menos verdad en cultivos templados como
el trigo o el maíz. Por lo tanto esos cultivos refuerzan la
concentración, mientras los cultivos templados la revertirían. Este
tipo de afirmaciones igualmente parecen olvidar que no existe una
condición agronómica o ecológica que obligue al maíz a ser
cultivado por pequeños o grandes propietarios. De la misma manera,
las condiciones ambientales no imponen contextos económicos, y son
éstos los que determinan cuáles son las superficies más ventajosas
para un propietario. La aproximación del BID insiste en que la
concentración de la tierra tiene una condicionante ambiental, y
donde únicamente se pueden cultivar especies que sólo pueden ser
manejadas bajo grandes propiedades, se facilita una extrema
concentración de la propiedad de la tierra. Es un fatalismo
ambiental que echa por tierra los determinantes históricos en
campos económicos y políticos que determinaron ese patrón de
propiedad.
Finalmente el banco también relaciona las dotaciones de recursos
naturales con la volatilidad macroeconómica. Los choques externos
a los que ha estado expuesta América Latina tienen mucho que ver
con la dependencia sobre exportaciones de productos primarios
volátiles. Bajo este argumento las economías dependerían mucho de
un puñado de recursos muy abundantes cuyo precio se mueve al vaivén
de los mercados internacionales. En aquellas circunstancias en que
esos precios caen, habrá consecuencias proporcionalmente mayores en
los países tropicales, manteniendo o agravando éstos sus
condiciones de inequidad.
Bajo esta hipótesis parecería defenderse la sorprendente idea de
que en la crisis mexicana del tequila o del real brasileño no
actuaron otro tipo de factores, como la acción de especuladores,
los malos términos de intercambio de los recursos naturales que se
exportan, o la gestión de los gobiernos: el factor determinante es
el trópico.
El documento reconoce que si bien parte de la inequidad en el
continente pudo haber sido heredada de su pasado colonial, ese
pasado en sí mismo "pudo haber sido determinado por su geografía y
sus acervos de recursos". El banco considera que la esclavitud es
la manifestación extrema de un mercado con baja competencia entre
empleadores y gran poder sobre los empleados. A juicio de este
análisis, la esclavitud fue "un fenómeno que se desarrolló
exclusivamente en los climas tropicales y subtropicales, siendo
éstas partes del Nuevo Mundo donde la tecnología agrícola
presumiblemente la hacía más provechosa" [BID , 1998].
Estas afirmaciones del BID no sólo son sorprendentes sino que
parecen olvidar la evidencia histórica. Tanto las plantaciones,
como la esclavitud que brindaba la mano de obra que les permitía
funcionar, no surgieron de las tierras tropicales de América
Latina. Fueron impuestas en la colonización europea, y en especial
por la promoción británica e ibérica de ese tipo de explotación. Es
obvio que esos colonizadores no provenían de países tropicales, y
muy por el contrario su cultura se desarrollo bajo fríos inviernos
septentrionales. También se olvida la larga historia de la
esclavitud, comenzando en Oriente Medio, y siguiendo por Grecia y
Roma. Contrariando el modelo simplista del BID, en la colonización
latinoamericana los traficantes ingleses tuvieron papeles
destacados en el tráfico esclavista, así como sus imitadores
portugueses, franceses y españoles, quienes no nacieron en países
tropicales pero promovieron y defendieron la esclavitud y el
sistema de grandes propiedades.
El análisis del BID no rechaza los factores históricos, pero se
pregunta si esas políticas fueron accidentes de la historia o ellas
en sí mismas resultan determinadas por las dotaciones de recursos
naturales. Todavia más: esas políticas así como los aspectos
institucionales que han sido indicados como causas de la mala
distribución, tendrían sus raíces en las dotaciones de factores que
encontraron los españoles y los portugueses, y no en lo que
hicieron los colonizadores (primero) y los criollos imitadores de
la intelectualidad europea (después).
Asimismo, las ideas del BID promueven una contracara con
implicaciones muy serias, y que merecen ser consideradas. En
efecto, mientras los males tenían lugar en los trópicos, los países
templados aparecen con sociedades idílicas y horizontales que
apuntaban al progreso y la igualdad. El determinismo geográfico de
este modelo ingenuo presenta a las sociedades de los países
industrializados del hemisferio norte como un modelo a imitar.
Deberíamos entonces olvidar los hechos contrarios a esas
aseveraciones y que tuvieron lugar en tierras templadas, como las
guerras intestinas en los EE UU, las interminables guerras
europeas o las diferentes revoluciones de caudillos y doctores en
las pampas del Rio de la Plata. En el mismo sentido, el BID
sostiene que las sociedades de latitudes templadas y extremas
promoverían la cooperación y los establecimientos familiares, y por
lo tanto dejarían de ser relevantes los ejemplos históricos de
latifundios patagónicos o la segregación contra los inuits y otros
pueblos originarios de Canadá. Finalmente, habría que preguntarse
si deberiamos desechar las experiencias de fuerte crecimiento
endógeno en un país tropical, como la que vivió Paraguay durante un
tramo del siglo XIX, y que fue aplastada tras la guerra encaminada
por países templados (Argentina y Uruguay) y tropicales (Brasil),
gracias a los buenos oficios de otro frío y brumoso (Inglaterra).
El BID ha realizado esas contrapruebas y concluye que existen
importantes excepciones. Una de las excepciones se observa en los
países del Sudeste de Asia, donde a pesar de que se ubican sobre el
ecuador poseen bajos niveles de concentración en la propiedad de la
tierra, pero según el banco ello no basta para poner en duda el
modelo, y sería "una de esas raras excepciones que en realidad
prueban la regla" [BID , 1998]. O sea que el modelo tropical del BID
sería válido, a pesar de que la situación en todo un continente
demuestra lo contrario.
Otra evidencia en contra son los países templados que cuentan con
una alta dotación de recursos naturales, los usan intensivamente y
no han degenerado hacia la desigualdad, como Australia o Nueva
Zelanda. Finalmente, la situación de empobrecimiento y desigualdad
en países templados a fríos (el estancamiento en Uruguay, y el
agravamiento en Argentina y Chile), también contradicen el modelo.
Ninguno de los dos casos es analizado adecuadamente en los estudios
del BID.
Esas ideas también eran frecuentes en América Latina entre los
siglos XVI a XIX, tanto entre visitantes e inmigrantes europeos,
asi como entre muchos intelectuales criollos, quienes insistían en
el desapego por el trabajo de los latinoamericanos, su falta de
disciplina, y su tendencia a dejarse llevar por interminables
fiestas. La implantación de los modelos de desarrollo europeo se
asociaban por igual a modificaciones tecnológicas y productivas,
como a transformar ese carácter, lo que se llamaba civilizar la
cultura bárbara. Los diarios de viaje de
Félix de Azara,
Alcides
d'Orbigny o
Charles Darwin tienen múltiples pasajes sobre la
supuesta pereza local. Existen abundantes ejemplos de intelectuales
y políticos que lamentaban, en los siglos XVIII y XIX, la distancia
que existía entre la enorme disponibilidad de recursos (tierras
fértiles, agua) y el atraso del desarrollo de las nuevas naciones,
responsabilizando a una supuesta cultura perezosa, propia de indios
y criollos. La abundancia sería la causa de la haraganeria. Por esa
razón en distintos países se buscó la civilización del indio, y el
reemplazo del criollo haragán por el inmigrante trabajador.
Las relaciones entre la distribución de la riqueza y las
limitaciones geográficas se presentan en el estudio de los
economistas del BID, [Londonio y Szekely , 1997], quienes admiten que
la opinión negativa de las personas y las denuncias por la
creciente desigualdad y la pobreza son confirmadas por los datos
analizados por el banco. Pero rechazan la vinculación entre las
reformas estructurales y ese deterioro, considerando que si no se
hubieran hecho esas reformas la situación actual sería peor. En
otras palabras, el sentido común funciona para corroborar que
nuestra situación empeoró, pero la coincidencia con la
implementación de estas reformas es solamente eso, una casualidad.
Las implicaciones políticas defendidas por [Gavin y Hausmann , 1998], y en esencia seguidas por el banco, son heterogéneas. Mientras insisten en continuar la liberalización del comercio, reconocen que ello se puede asociar con un aumento de los sectores primarios basados en recursos naturales, lo que los llevaría a una contradicción, ya que bajo su modelo de desarrollo esa estrategia incrementaría o mantendría la inequidad. Pero los analistas de BID consideran que las medidas proteccionistas que desencadenaran tendrían como saldo neto efectos negativos, indicando que los emprendimientos basados en recursos naturales no deberían recibir tratamientos tributarios beneficiosos, incentivos o subsidios (aunque es dudoso que el banco esté cumpliendo esta recomendación). Paralelamente se buscan acciones focalizadas y compensatorias de los problemas desencadenados por las reformas.
Reformas económicas y reformas culturales
Pero estas políticas están condicionadas a no interferir con los
mercados, de hecho son subsidiarias y secundarias a ellas, y deben
ser focalizadas. Su propósito es volcar a las personas al mercado,
el que las obligaría a trabajar y las recompensará según sus
capacidades. Nuevamente asoma la sombra del estigma del haraganismo
tropical, de donde el mercado sería el acicate que obligaría a
trabajar. En este caso las reformas del banco, en línea con otras
corrientes de pensamiento, no son únicamente económicas, sino que
deben atacar la esencia cultural latinoamericana.
La reformas, tanto las de primera y segunda generación, a juicio
del BID, no pueden restringirse al campo económico y por ello
avanzan en el terreno cultural. Las actuales líneas de acción del
banco promueven la desregulación de varios sectores económicos, la
privatización de servicios públicos y nuevos vínculos con el
mercado en los más diversos sectores (desde el manejo de recursos
hídricos a centros de promoción de la sociedad civil, desde las
asociaciones de consumidores a las estrategias en ciencia y
tecnología) y por lo tanto son consistentes con este modelo. Pero
el determinismo geográfico también lleva a un fatalismo, ya que no
se pueden modificar las latitudes donde se encuentran nuestros
países.
En esa contradicción se encuentran las mejores posibilidades para
remontar este tipo de determinismo, ya que tanto en los trópicos
como en las regiones templadas de América Latina todavía hay mucha
gente que labra sus destinos, e imagina nuevos destinos, sin
sentirse amenazada por la latitud en la que vive.
BID (1997) Latin America After a Decade of reforms. Economic and
Social Progress in Latin America, 1997 Report. (IADB, Washington)
BID (1998) Facing Up to Ineaquality in Latin America. Economic and
Social Progress in Latin America, 1998-1999 Report (IADB,
Washington)
Gavin, M. y Hausmann, R. (1998) Nature, Development and Distribution
in Latin America. Evidence on the Role of Geography, Climate and
Natural Resouces (BID, Oficina del Economista Jefe, Documento de
Trabajo 378)
Londonio, J.L. y Szekely M. (1997) Distributional Surprises after a
Decade of Reforms: Latin America in the Ninities (BID, Oficina del
Economista Jefe, Documento de Trabajo 352. Reproducido en
Pensamiento Iberoamericano, América Latina después de las reformas,
volumen extraordinario, 1998, pp 195-242)
Fecha de referencia: 28-6-2000
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