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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Carlos Verdaguer Viana-Cárdenas
Artículo escrito entre noviembre y diciembre de 1998 y publicado en
septiembre de 1999 en el número 3 de la revista Urban (primavera de
1999).[1]
En cualquier caso, la sintética formulación inicial se cumple casi
literalmente en el caso de las diversas tendencias y familias de la
arquitectura y el urbanismo "sostenibles". Basta hacer un repaso
apresurado a los capítulos introductorios o a los párrafos
iniciales de la cada vez más abundante bibliografía al respecto
para tropezarse con similares declaraciones de alarma con respecto
al crecimiento desmesurado y desordenado de las ciudades, los
enormes gastos energéticos que acarrea el sector de la construcción
y la degradación del entorno urbano. La necesidad urgente de
cambiar el rumbo de la arquitectura y el urbanismo para conseguir
"ciudades sostenibles" que contribuyan a la restauración de la
armonía entre hombre, naturaleza y cultura es el objetivo común,
repetido como un tantra en todos los discursos, desde los más
institucionales hasta los más radicales. Es al avanzar en estos
discursos hacia los capítulos de propuestas y soluciones cuando
esta aparente unanimidad se fragmenta para dar lugar a un paisaje
complejo y lleno de contradicciones, haciendo palpables las
divergencias en el análisis de las causas y en el abanico de
instrumentos metodológicos utilizados para describir la realidad.
La constatación de esta complejidad no hurta de la necesidad de
trazar mapas orientativos, y más aún cuando el paradigma ecológico
en el ámbito de lo urbano está aún lejos de ser asumido a nivel
global más allá de las declaraciones de intenciones por parte de
los gobiernos y unas pocas corporaciones. El fracaso con respecto
a las expectativas de la cumbre Habitat II celebrada en 1996 en
Estambul no es sino un síntoma más de que, en la pugna entre
intereses globales, las fuerzas dominantes siguen empeñadas en la
huida hacia adelante. Parte de estas fuerzas, de hecho, siguen
considerando la ecología como una invitada inoportuna al gran
festín de la economía global y, de hecho, no les faltan aliados
importantes desde el campo de las teorías arquitectónicas y
urbanísticas. Algunos de ellos, como Rem Koolhaas y sus cada vez
más numerosos discípulos, envuelven sus bárbaras propuestas urbanas
tras una apabullante brillantez formal y una vitriólica retórica
posvanguardista impregnada de situacionismo de salón que califica
de nostálgico todo intento de oponerse al avance imparable de la
economía mundo.
Figura 1: La casa "autosuficiente".
Así pues, urge trazar una cartografía de las corrientes que
gravitan y pugnan en torno al concepto de sostenibilidad, sin dejar
que los innumerables vínculos y solapamientos oculten las fisuras
y contradicciones insalvables y sin perder de vista que se trata de
un panorama en plena formación, la mayor parte de cuyos pioneros
siguen en activo de una u otra forma y donde el flujo de propuestas
e incorporaciones es creciente y continuo. El objetivo último no
sería, claro está, construir un hipotético modelo urbano con
pretensiones universales, síntesis imposible de todas las
corrientes y situaciones a modo de una nueva Carta de Atenas
ecológica, sino contribuir a que el debate entre los diversos
planteamientos y enfoques se haga en función de criterios y tomas
de posiciones definidos con el menor grado de ambigüedad posible.
El primero de estos polos sería el representado por la corriente
arquitectónica denominada eco-tech, como máxima vencedora en el
proceso de reconversión ecológica al que se han sometido
aceleradamente todas las tendencias dominantes en el bazar de los
estilos de los ochenta, y cuyo éxito indudable y súbito se ha
basado en la fusión ideológica entre el componente técnico de la
arquitectura ecológica de primera hornada y las utopías
tecnológicas y vanguardistas de los sesenta que dieron lugar al
high-tech, desde Archigram y Yona Friedman hasta la New Babylon de
Constant. Nadie mejor que Richard Rogers, autor del reciente best-seller Cities for a small planet, publicado en 1997, para hacer de
portavoz de esta corriente:
«El reto para los arquitectos es desarrollar edificios que
incorporen tecnologías sostenibles, reduciendo así la contaminación
y los costes de mantenimiento de los mismos. Tres cuartas partes de
la energía que se usa cotidianamente en los edificios corresponde,
más o menos en proporciones iguales, a la iluminación artificial,
la calefacción y la refrigeración; pero las nuevas tecnologías y
las nuevas prácticas están revolucionando todas estas funciones. Se
están poniendo a punto innovaciones que reducirán drásticamente los
costes a largo plazo y la contaminación generada por los
edificios.»
Figura 2: Cabezas de puente eco-tech.
El énfasis en la eficiencia energética y el avance tecnológico
frente a la reducción en el consumo caracteriza esta corriente
cuyos dos buques insignia son los dos rascacielos "ecológicos"
realizados en Frankfurt y en Essen por Sir Norman Foster y el
estudio alemán Ingenhoven, Overdiek und Partner, respectivamente.
Por sus especiales características, -desde su renuncia a todo
radicalismo formal y su imagen mítica de modernidad futurista hasta
su ludismo y la corrección política de su discurso, pero sobre todo
por su pertenencia a la esfera conceptual de la teoría del trickle
down, según la cual los avances en lo alto de la pirámide acaban
repercutiendo positivamente y difundiéndose hacia la base, en una
hipotética tendencia hacia la igualación futura- este enfoque está
siendo abrazado entusiásticamente por grandes corporaciones a la
búsqueda de una imagen suntuosamente verde.
Figura 3: Rehabilitación ecológica de la ciudad.
Figura 4: Arquitectura bioclimática.
Para defender el polo opuesto del debate, no puede haber voz más
contundente que la del arquitecto y catedrático de bauökologie
Gunther Moewes, autor de Weder Hütte noch Palaste, Architektur un
Ökologie in der Arbeitgesellschaft (Ni chozas ni palacios:
arquitectura y ecología en la sociedad del trabajo, 1995) y de Die
Stadt, die Arbeit und die Entropie (Ciudad, trabajo y entropía,
1995):
«La idea de que los edificios de bajo consumo energético son
respetuosos con el medio ambiente y de que, a través de la
construcción de más edificios de este tipo, cumpliremos las
promesas hechas en la Cumbre de Río de reducir las emisiones de CO2
para el 2005 a un 25 por ciento de las existentes en 1990, es,
naturalmente, una estupidez. Un nuevo edificio nunca ahorra
energía, sino que genera nuevas necesidades energéticas, y la
calificación de nuevo suelo para urbanizar es fundamentalmente
antiecológica. Básicamente, sólo existen tres procesos que pueden
conducir razonablemente a reducir las necesidades energéticas o la
carga sobre el medio ambiente: la rehabilitación de edificios
existentes; la sustitución de antiguos edificios ecológicamente
despilfarradores por nuevas formas de bajo consumo y el cierre de
intersticios entre edificios.» [Moewes , 1997]
Directamente ligado a la crítica de la sociedad de consumo y las
experiencias urbanas radicales de los sesenta y setenta, desde
Henri Lefebvre hasta los okupas londinenses y berlineses, este
enfoque desarrollado fundamentalmente en Alemania[3] aboga por la
regeneración ecológica de lo construido y por la evolución
consciente desde una sociedad basada en el trabajo, el consumo y la
obsolescencia programada a otra basada en la satisfacción de las
necesidades reales, el aprovechamiento igualitario de los recursos
planetarios y la durabilidad de las producciones. Siendo su centro
gravitatorio fundamental la crítica a la noción de crecimiento,
este enfoque parte del principio de que sólo una drástica reducción
en los niveles de producción y consumo por parte de los sectores
que absorben en este momento la mayoría de los recursos planetarios
puede conducir a un futuro de equilibrio. Lógicamente amenazador
para una serie de profesiones y agentes sociales, empezando por el
arquitecto, cuya razón de ser última está en construir cuanto más
mejor, sugiere una profunda transformación de las formas de
entender la intervención sobre el territorio. Esto lo hace poco
digerible desde el punto de vista institucional, aunque la solidez
y contundencia de los datos sobre los que se fundamenta no permiten
obviar fácilmente sus argumentos.
A esta ilusión de convergencia puede contribuir también el hecho de
que lo que hemos denominado el tronco común o núcleo originario se
haya desarrollado a su vez de forma más o menos lineal y
relativamente endogámica para dar lugar a otra de las corrientes
que caracterizan el paisaje actual. Equidistante en cierta forma de
los dos polos establecidos, este enfoque mantiene, de hecho, su
posición central dentro de los medios especializados como
representación metonímica de la arquitectura y el urbanismo
"verdes" en general. La aparición cada vez más evidente de la
fisuras contribuirá, sin duda, a constreñir y definir sus límites
en estos momentos aún difusos, fragmentándolo y ramificándolo en
nuevas corrientes con identidad propia. En cualquier caso, dada su
condición seminal y su posición central en nuestra cartografía, no
está de más describir sus rasgos con un poco más de detalle.
Figura 5: Ecología urbana.
Fundamentalmente pragmático y centrado en el objeto arquitectónico,
este enfoque sitúa deliberadamente en un lugar secundario los
debates ideológicos, exponiendo estos principios casi como
soluciones técnicas razonables que pueden ser añadidas sin más a la
paleta de recursos del arquitecto. Lo cierto es que estos criterios
constituyen una destilación de todos los planteamientos que se
fueron desarrollando a lo largo de tres décadas y que alcanzaron el
momento de consolidación y madurez durante los años ochenta: por
una parte, todo aquellos basados en una visión "científico-humanista" de corte comunitarista, como las investigaciones sobre
clima iniciadas por Victor Olgyay, los estudios energéticos de
Richard Stein, los avances en tecnología solar de Amory Lovins y su
Rocky Mountain Institute, la recuperación de la "arquitectura sin
arquitectos" por parte de Bernad Rudofsky y de la arquitectura
popular mediterránea de Myron Goldfinger, el renovado interés por
el paisajismo y la jardinería universales por parte de Geoffery
Jellicoe, las investigaciones de Christopher Alexander sobre
invariantes universales en la arquitectura vernácula, los
instrumentos para la participación de los usuarios en el diseño
desarrollados por Lucien Kroll o la concepción holística de la
práctica arquitectónica de Ralph Erskine; por otra parte, todos
aquellos enfoques próximos a una visión espiritualista, curativa o
incluso esotérica, desde el feng-shui o ciencia oriental del buen
construir o conceptos pseudocientíficos como el de la redes
Hartmann de campos electromagnéticos hasta las teorías
antroposóficas sobre la "buena forma" inspirada en la naturaleza y
cuyo máximo paradigma sería el Goetheanum de Rudolf Steiner.
En ese sentido, además de ser la mejor formulación hasta el momento
de la corriente seminal de la arquitectura ecológica, el libro de
los Vale puede considerarse casi como una fotofija de dicha
corriente a principios de esta década, en el momento inmediatamente
anterior a la "eclosión transversal", cuando la ilusión de
convergencia y la visión de la edificación sostenible como un
núcleo sólido y coherente habían alcanzado su cénit. Parte
significativa de esta fotofija es la abrumadora presencia de
propuestas desarrolladas desde países desarrollados frente a la
escasez de proyectos provenientes del sur en general.
En cualquier caso, lo cierto es que dentro de sus seis principios
podrían englobarse sin estridencias una serie de corrientes
dispares que, en función de algunas de sus características u
orígenes, se aproximarían igualmente a uno u otro de los dos polos
extremos: el light-tech de Renzo Piano, Michael Hopkins o Glenn
Murcutt, que une sutilmente la herencia tecno-climática con la
vernácula y la culturalista; el bioclimatismo urbano socializante
de Margrit Kennedy, Joachim Eble o Erckhart Hahn, más cercano a las
prácticas de rehabilitación ecológica; la arquitectura neo-antroposófica y neo-expresionista/organicista de Ton Alberts, Erik
Asmussen, Imre Makovetz o Inken Baller; las diversas recuperaciones
neo-vernáculas; y, en fin, la obra de verdaderos pioneros de la
arquitectura ecológica como Kroll o Erskine.
Sin duda, esta visión antiurbana era ineludible en los inicios de
un movimiento cuya principal razón de ser estuvo en la defensa de
una naturaleza amenazada por la extensión de un modelo
hiperindustrializado, y más si se tienen en cuenta sus orígenes
norteamericanos. En cualquier caso no cabe duda que las primeras
propuestas urbanas, aunque decididamente mucho menos sofisticadas
que los pedestrian pockets como alternativa real al urbanismo
dominante[4], se situaban claramente del lado de Lewis Mumford en el
debate que había enfrentado a principios de los años sesenta a este
pensador, partidario de una vuelta a la naturaleza desde el
paradigma de la modernidad al modo de la propuesta de Broadacre
City de Frank Lloy Wright, con la postura de Jane Jacobs, defensora
"a la europea" de la ciudad como espacio privilegiado de
socialización, un debate que ha llegado a nuestros días casi en los
mismos términos.
A modo de resumen, quizás sería útil acudir aquí a la ya clásica y
por el momento insuperada taxonomía urbanística establecida por
François Choay para constatar que, en lo que respecta a la visión
de la ciudad, el bioclimatismo de primera hornada y, por ende, sus
corrientes directamente derivadas que hemos englobado bajo la
etiqueta de arquitectura "verde", pertenecen claramente al ámbito
común donde se solapan el urbanismo naturalista y el culturalista,
mientras que, en lo que respecta a su visión del objeto
arquitectónico, están formadas por un núcleo organicista,
vernáculo e historicista que se completa con un fuerte elemento
"tecnotópico".
En ese sentido, el desgajamiento desde este tronco inicial del
primero de nuestros polos de referencia, correspondiente a la eco-tech, habría sido el resultado de la exacerbación de este elemento
tecnotópico y de su hibridación con el urbanismo "progresista". Por
el contrario, el otro polo, correspondiente a la regeneración
ecológica, provendría de la constatación de lo escuálido de la
reflexión urbanística por parte del primer ecologismo y de la
consiguiente incorporación al núcleo inicial tanto de todo el
acerbo urbanístico europeo radical como de las grandes cuestiones
ecológicas globales planteadas desde otras disciplinas.
Como vemos, muchos de estos temas pertenecen a ámbitos tan
generales como el del modelo de sociedad o, en el caso de la
arquitectura, tan ancestrales como el venustas, utilitas, firmitas
vitruviano. Por otra parte, puede alegarse que muchas de estas
dicotomías no son tales y que, de hecho, todas ellas acaban
resolviéndose en la práctica a través de procesos de síntesis. El
que fuera un pionero de la eco-tech como Frei Otto, quien dijera
que "la única arquitectura ecológica es la que no se construye",
parece incluso apuntar a una convergencia ideológica entre los
extremos. No obstante, a la hora de debatir y establecer
directrices generales, y sobre todo en el ámbito de la ecología,
tiene suma importancia dónde se sitúa el énfasis y a qué procesos
se concede prioridad, y más dentro de un panorama en el que el
complejo entramado de relaciones de poder sigue imponiendo unos
procesos por encima de otros en contra de la voluntad de los
afectados. Como decíamos al principio, en este momento es más
importante señalar las diferencias que las similitudes, detectar
las grietas antes que ocultarlas. En ese sentido, los dos polos
extremos que hemos establecido responden en términos generales a
grupos de intereses y preocupaciones contrapuestos y marcan
claramente el terreno en el que debe librarse la batalla ideológica
en el ámbito de la sostenibilidad.
No afrontar el debate en estos términos globales e ideológicos
entraña múltiples riesgos: el de perderse por vericuetos y
discusiones estériles como las que enfrentan la falsa austeridad de
la Nueva Simplicidad berlinesa, defendida por Vittorio Maria
Lampugani en términos ecológicos, con la crispación de las formas
deconstructivas, defendida por Daniel Libeskind como expresión
suprema de la libertad política; el de considerar como alternativas
plausibles al urban sprawl y a la anomia urbana los espectaculares
simulacros de identidad local del Nuevo Urbanismo de Andrés Duany
y Elizabeth Platter-Zybberk o del neotradicionalismo de León Krier,
destinados a satisfacer las ansias comunitarias de las clases
medias altas de los países desarrollados; el de caer en la banal
identificación de ecología y mímesis de la naturaleza, según la
cual cualquier obra de Santiago Calatrava sería el paradigma de la
arquitectura ecológica, o en la visión contraria, según la cual, la
actual moda minimalista sería el camino más rápido a la
sostenibilidad; o, en otro orden de cosas, el de pensar que los
criterios de sostenibilidad global son un lujo ante la urgencia de
las intervenciones en las periferias de las grandes metrópolis del
sur en proceso de degradación; o el de desarrollar una burocracia
mundial de `expertos´ en territorio y medio ambiente portadores de
soluciones mágicas que acabe sustrayendo de nuevo a los habitantes
la capacidad de intervención sobre su entorno.
La constatación, por otra parte, de que no existen fórmulas ni
soluciones únicas para afrontar el reto de la explosión urbana
desde la sostenibilidad no puede ser tampoco una coartada para
aceptar acríticamente cualquiera de los instrumentos y soluciones
que se autodenominan ecológicos. La extensión imparable de la no-ciudad a lo largo y ancho de la superficie del planeta está dando
lugar a un paisaje en el que convive lo fragmentario y lo continuo,
lo diverso y lo homogéneo, y la propia extensión de lo global
retoralimenta a su vez todo tipo de procesos locales sobre el
territorio. La aplicación generalizada del paradigma sostenible
requerirá en unos casos introducir rupturas y quiebros, y en otros
reestablecer las continuidades, favorecer unos procesos en contra
de otros según las situaciones, saber reconvertir los problemas en
oportunidades, apostar en unas ocasiones por la globalidad y en
otras por la particularidad, pero en cualquier caso, para ser
realmente sostenible, no podrá ser nunca una tarea ajena a la
voluntad de todos y cada uno de los habitantes del planeta y será
imprescindible llevarla a cabo contando con lo realmente existente,
considerando lo construido como una segunda naturaleza con sus
leyes y procesos autoalimentados. Entender estas leyes, en las que
somos a la vez sujeto y objeto, debe ser un objetivo asumido
socialmente.
Entre ellos se encuentran los análisis mina-vertedero de los
materiales y de los procesos constructivos y urbanísticos, el
seguimiento de los proyectos a lo largo del tiempo, incluyendo
estudios y consultas a los usuarios, o incluso los en ocasiones
denostados estudios de impacto ambiental. Un ejemplo
particularmente potente de este tipo de instrumentos es el concepto
de "huella ecológica", desarrollado desde el ámbito novedoso de la
economía ecológica por Mathis Wackernagel y William Rees en su
libro Our ecological footprint. Reducing Human Impact on the Earth
y concebido para tratar de medir el impacto a nivel global del
funcionamiento de una ciudad en cuanto a recursos y residuos.
Aunque hasta ahora su aplicación se ha limitado al campo del
macrourbanismo, su adaptación a otras escalas más próximas a la
arquitectura y a las pequeñas actuaciones puede resultar
prometedora.
En definitiva, sin caer en el terreno peligroso de la "objetividad
científica" sacralizada, una pretensión contundentemente
cuestionada por la epistemología moderna, este tipo de conceptos
ofrecen criterios de gran utilidad para predecir en cuanto a orden
de magnitud el impacto de ciertas propuestas pretendidamente
sostenibles y para denunciar otras como incongruentes o puramente
ideológicas y contribuyen, por lo tanto, a dotar de riqueza al
debate entre los diversas planteamientos y discursos que se
reclaman de la ecología.
Aunque la facilidad con la que consiguen pintarse de verde hasta
las corrientes ecológicamente más nocivas no deja mucho espacio
para el optimismo, quizás sean los necesarios esfuerzos por dotar
de rigor y contenido al paradigma ecológico los que permitan
finalmente a la reflexión y la teoría arquitectónicas librarse de
su sofocante endogamia narcisista para alcanzar una radicalidad
auténtica y no retórica y los que contribuyan a que el urbanismo,
cuya defunción es gozosamente anunciada día tras otro por los
paladines de la desregulación global, recupere al menos un papel de
referencia entre los agentes que intervienen sobre la construcción
del territorio y pueda convertirse en una herramienta útil para la
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