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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Mariano Vázquez Espí
Ondara (España), febrero de 2000.
Lynn Margulis, Dorion Sagan
(1986) Four Billion Years of Evolution from Our Microbial
Ancestors.
(versión castellana Microcosmos, Barcelona: Tusquets, 1995)
Microcosmos, contrariamente a la visión neodarwinista de la
evolución como un conflicto absoluto en el que sólo sobreviven
los más fuertes, anima a la exploración de una alternativa
esencial: una visión interactiva y simbiótica de la historia de
la vida en la Tierra.
Desde la perspectiva microcósmica, la existencia de las plantas
y de los animales [...] es reciente: podría tratarse de fenómenos
pasajeros en un mundo microbiano mucho más antiguo y fundamental.
Dos mil millones de años antes de que surgiera cualquier animal
o planta ya existían microorganismos consumidores de energía, que
eran depredadores, tenían capacidad de nutrición, movimiento,
mutación y recombinación sexual, fotosíntesis, reproducción y
podían proliferar desmesuradamente.
Woody Allen dijo en cierta ocasión que él siempre ponía a su
esposa debajo de un pedestal. Enfrentándonos a nuestra arrogancia
ecológica no se resuelve el problema del pedestal; seguimos dando
por sentado que un organismo es mejor, superior o "más
evolucionado" que otro. Para deconstruir nuestra actitud
destructiva de arrogancia ecológica es necesario que nos situemos
en la parte inferior. De todos modos, cuando reconozcamos nuestro
intercambio de energía y de substancias químicas con otras
especies, así como la imposibilidad de negociar nuestras
relaciones con ellas, no nos quedará más remedio que eliminar el
pedestal.
Los microorganismos, lejos de haberse detenido en un peldaño
inferior de la escala evolutiva, forman parte de nuestro entorno
y de nuestro propio organismo. Tras haber sobrevivido a lo largo
de una línea ininterrumpida desde los comienzos de la vida, todos
los organismos han alcanzado en la actualidad un mismo nivel de
evolución.[2]
Los organismos procariotas transfieren, de manera rutinaria y muy
deprisa, distintos fragmentos de su material genético de unos
individuos a otros. Cualquier bacteria puede usar genes
accesorios procedentes de cepas a veces muy distintas que
realizan funciones que su propio DNA puede no abarcar. Estos
intercambios son un hecho normal en el repertorio bacteriano.
Pero, aún hoy en día, muchos bacteriólogos no alcanzan a
comprender toda su importancia: el que las bacterias de todo el
mundo tengan en esencia acceso a una única reserva de genes y,
por tanto, a los mecanismos adaptativos de todo el reino. La
velocidad de recombinación es muy superior a la de mutación; los
organismos superiores podrían llegar a tardar un millón de años
en adaptarse a un cambio mientras que las bacterias pueden
conseguirlo en unos pocos años. El resultado es un planeta que
ha llegado a ser fértil y habitable para formas de vida de mayor
tamaño gracias a una supraorganización de bacterias que han
actuado comunicándose y cooperando a escala global.
Un diez por ciento, como mínimo, del peso seco de nuestro cuerpo
corresponde a bacterias, algunas de las cuales son esenciales
para nuestra vida, a pesar de que no sean parte congénita de
nuestro organismo. Esta coexistencia no es un mero capricho de
la naturaleza, sino que constituye la esencia misma de la
evolución.
Sonea y Panisset comparan las numerosísimas actividades del
superorganismo que representa el conjunto de todas las bacterias
del planeta con las funciones de un ordenador que poseyera un
enorme banco de datos (los genes bacterianos) y una red de
comunicaciones global que procesara información más básica que
el cerebro de cualquier mamífero. Hacen hincapié en la dispersión
universal de la resistencia a los antibióticos como una prueba
espectacular de que las bacterias actúan como una entidad única
capaz de resolver problemas complejos y de resolverlos siempre
con eficacia.
El contexto del encuentro entre intelecto y bacterias definió la
medicina como un campo de batalla: las bacterias eran vistas como
"gérmenes" que había que destruir. Sólo en la actualidad hemos
empezado a apreciar el hecho de que las bacterias son normales
y necesarias para el cuerpo humano y que la salud no es un asunto
tanto de destruir microorganismos como de restablecer las
apropiadas comunidades de bacterias. Sólo en la actualidad hemos
empezado a apreciar el aspecto beneficioso de la infección...
Las bacterias inventaron la fermentación, la rueda en forma del
motor rotatorio de protones, la respiración del azufre, la
fotosíntesis y la fijación del nitrógeno mucho antes de que se
iniciara nuestra propia evolución. No son únicamente seres con
un destacado comportamiento social, sino que, además actúan como
una especie de democracia universal descentralizada. Las células
permanecen básicamente separadas, pero pueden ponerse en contacto
e intercambiar genes con organismos con un historial muy alejado
del suyo.
Los organismos reales son como ciudades. Los Angeles y París
pueden ser identificadas por sus nombres, por sus límites
geográficos y por la manera de vivir, en general, de sus
habitantes. Pero una inspección más a fondo revela que la ciudad
está formada por inmigrantes de todas partes, por vecindarios,
por delincuentes y filántropos, gatos vagabundos y palomas... Un
orgánulo en el interior de una ameba, en el tracto intestinal de
un mamífero que vive en un bosque de este planeta, se encuentra
inmerso en un mundo que está comprendido en muchos otros mundos.
Cada uno de ellos proporciona su propio punto de referencia y su
propia realidad.
En cierto sentido, estamos "por encima" de las bacterias, dado
que, al estar formados por ellas, nuestro poder mental parece
representar más que la suma de sus componentes microbianos. Pero,
en cierto modo, estamos también "por debajo" de ellas. Como
minúsculas partículas de una enorme biosfera esencialmente
bacteriana, nosotros, junto con otras formas de vida, debemos
sumarnos a un cerebro simbiótico que supera nuestra capacidad de
comprender o representar con fidelidad.
Es posible que haya grupos de humanos, sedentarios y reunidos en
comunidades, ciudades y redes de comunicación electromagnética,
que hayan empezado ya a formar un circuito que supere el
pensamiento, como el propio pensamiento ha superado el movimiento
coordinado de las espiroquetas. La probabilidad de que nos
percatemos de la totalidad de una forma tal de organización
superior no es mayor que la que tienen los componentes
individuales de las células cerebrales (microtúbulos, los
supuestos vestigios de las espiroquetas) de comprender su propia
misión en la conciencia humana.
Ningún animal ha llegado a abandonar completamente el microcosmos
acuático. Las concentraciones de sales en el agua del mar y en
la sangre son, desde el punto de vista práctico, idénticas. Las
proporciones de sodio, potasio y cloro en nuestros tejidos son
misteriosamente semejantes a las que se dan en todos los océanos.
Esas sales son compuestos que los animales llevaron con ellos en
su peligroso periplo hacia tierra. No importa lo alta y seca que
sea la cima de la montaña, no importa lo moderno y recóndito del
retiro, sudamos y lloramos básicamente agua de mar.
Hemos estado distanciándonos de las demás formas de vida,
incubando formas de organización que acabarán siendo mayores y
más ricas que nosotros mismos. Hemos hecho bien al separarnos de
otros organismos y explotarlos, pero no parece probable que una
situación como esa pueda durar. La realidad y la recurrencia de
la simbiosis en la evolución sugieren que nos hallamos aún en una
etapa de invasión "parasitaria", y que hemos de moderarnos,
compartir y reunirnos con otros seres si queremos conseguir
longevidad evolutiva.
"Un grupo de antropólogos dice que fueron las armas lo que nos
hizo humanos. Al empuñar las herramientas de piedra nos
desprendimos de la inocencia animal y empezamos a enfrentarnos
a la naturaleza armados con ayuda de la primera tecnología. [...]
De esta manera la tecnología creó y determinó la cultura humana.
Y la tecnología más básica de todas es el arma...
Afortunadamente, hay otra visión científica de los orígenes de
la humanidad, la que se asocia al trabajo del antropólogo Glyn
Isaacs,[3] que considera que los protohomínidos llevaban su comida
hasta un refugio más seguro, y allí, en un acto de definición de
la comunidad, compartían el alimento. Desde esta perspectiva, el
acto primario de la cultura humana es el compartir la comida y
podemos darnos cuenta de que cuando compartimos el alimento
estamos llevando a cabo un acto de humanidad básica." (William
Irwin Thompson)
Como ya percibió Darwin, los organismos se adaptan a su medio
ambiente debido a las pruebas constantes en su tendencia hacia
el crecimiento ilimitado. Si no consiguen adaptarse pueden
disminuirse en número y extinguirse. Pero, según Meredith,
también pueden adaptarse demasiado, multiplicarse, agotar sus
recursos y extinguirse entonces. [Lo que Meredith denomina
`devolución', lo que les ocurrió a los trilobites en el Cámbrico.
N. del E.]
La naturaleza acelerada de la evolución en general y de la
evolución cultural en particular hacen imposible predecir las
futuras innovaciones evolutivas, especialmente las de largo
alcance. Si nos limitamos a extrapolar las tendencias actuales,
llegaremos no al futuro, sino a una caricatura del presente.
[...] Más allá de las novedades a corto plazo, están las
tendencias de la vida a largo plazo (extinción, expansión,
simbiosis) que parecen universales.
Este cambio simbiótico, de matar los organismo de los alrededores
para alimentarse a ayudarlos a vivir consumiendo sus partes
prescindibles, es un signo de madurez de la especie. Por este
motivo, la agricultura, con el consumo de cereales y verdura,
junto a la conservación de sus semillas, constituye una
estrategia más efectiva que la simple recolección de plantas.
[...] Los antepasados de las mitocondrias de nuestras células
debieron de ser bacterias crueles que invadían y mataban a su
presa. Pero nosotros somos ejemplos vivientes de que tales
tácticas destructivas no son a la larga eficaces: las
mitocondrias viven pacíficamente en el interior de nuestras
células proporcionándonos energía a cambio de vivienda. Mientras
que las especies destructivas van y vienen, la cooperación
aumenta con el tiempo. La población humana puede expandirse
saqueando y arrasando el Amazonas, ignorando la mayor parte de
la biosfera, pero la historia de las células dice que esto no
puede durar.
La revolución en el campo de la información puede incluso
conducir a una nueva era de democracia participativa. Pero
también puede fragmentar la sociedad dividiéndola en hogares
electrónicos aislados unos de otros y favoreciendo nuevas formas
de explotación política y nuevos delitos.
Fecha de referencia: 29-2-2000
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