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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Madrid (España), septiembre de 1999
En los últimos tiempos se viene invocando la solidaridad para
solicitar trasvases de agua hacia zonas supuestamente deficitarias.
Este proceder denota implícitamente que ha entrado en crisis el
criterio que desde hace un siglo ha venido presidiendo la política
hidráulica en nuestro país: hay que tomar agua de donde sobra para
llevarla a donde falta. La aceptación de esta idea como algo
axiomático, permitía orientar la política hidráulica con criterios
meramente técnicos: se trataba de hacer las obras necesarias para
facilitar dicha captación y trasvase, con ánimo de asegurar que el
conjunto de la población y sus actividades pudieran disfrutar sin
problemas del agua requerida. Esta política apuntaba así, en suma,
a paliar el desequilibrio entre la "España húmeda" y la "España
seca". Pero las "guerras del agua" originadas durante el último
período de sequía, parecieron mostrar que no sobraba agua en
ninguna parte. Esta nueva hipótesis exigía contar con la población
y hablar de intercambio más o menos solidario, desplazando el
problema desde el campo técnico hacia el socioeconómico: ahora se
trataba de gestionar y repartir la escasez, no la abundancia, de
agua.
Pero en qué quedamos: ¿son o no son suficientes los recursos del
país para cubrir sus necesidades? ¿se trata de corregir el
desequilibrio interior de esa "España deforme", de la que hablaban
los regeneracionistas, o de gestionar consensuadamente una escasez
generalizada? En lo que sigue intentaremos responder a estas
cuestiones, viendo en qué medida las actuales llamadas a la
solidaridad tratan de verdad de evitar que la creciente
insolidaridad que se observa en las sociedades de hoy se extienda
al tratamiento de un recurso tan esencial para la vida como es el
agua, o si, por el contrario, tratan de servir simplemente de
señuelo para perpetuar formas de actuación que se revelan cada vez
más inadecuadas e insolidarias. Aspectos que cobran especial
interés cuando, tras los recientes años relativamente lluviosos,
asoma de nuevo el fantasma de la sequía, haciendo que el tema
ecológico-ambiental más tratado en la prensa desde el final de la
primavera sea, otra vez, la sequía y los trasvases.
El agua suele "sobrar" en las zonas de clima húmedo, en las que
llueve más de lo que sería capaz de gastar la vegetación en el
territorio, siendo en ellas el drenaje la principal operación a
realizar para evacuar el exceso de agua y evitar, así, que el
encharcamiento del suelo impida desarrollar en él aprovechamientos
agrarios, forestales, industriales... o residenciales. Sin embargo,
en las zonas de clima seco, más o menos extremado, la precipitación
anual no alcanza a aportar el agua que gastaría la vegetación en el
territorio, por lo que la "falta" de agua es en ellas un factor
limitante para el desarrollo de la vegetación y las actividades
humanas: el caso extremo son los desiertos, que se caracterizan
precisamente, por la ausencia de vegetación y de población. En las
zonas de clima seco, al revés de lo que ocurre en las de clima
húmedo, los trabajos y las labores agrícolas apuntan a retener el
agua en los suelos evitando que escape sin que la hayan aprovechado
antes los cultivos.
No obstante cabe anticipar que son las exigencias de la población
sobre el territorio las que transforman la posible escasez física,
de origen climático, en escasez social sentida por las personas.
Por ejemplo, en un desierto, donde no hay población, habrá mucha
escasez física de agua, pero no hay escasez social. Por el
contrario, en una zona de clima húmedo habrá abundancia de
precipitaciones, pero la extremada presencia de población y de
actividades muy exigentes en agua, o muy contaminantes, pueden
provocar una fuerte escasez social de agua de calidad. Además hay
que subrayar que no cabe relacionar la escasez del agua con las
entradas por precipitación, pensando que se pueden canalizar en su
totalidad hacia los usos: éstas se han de dividir en tres partes,
una se pierde en la atmósfera por evaporación, otra se fija en el
suelo, en la vegetación y los organismos que componen la biosfera
y otra es la que va por los cauces y lagos superficiales y
subterráneos hacia el mar. Y sólo de esta última parte cabe derivar
agua hacia los usos antrópicos, pero sin agotar cauces o acuíferos,
para evitar los daños sociales y ecológicos derivados de su
sobrexplotación.
El gran defecto del clima llamado xérico o mediterráneo,
predominante en España, no es tanto que el suelo reciba anualmente
en él menos agua de lo que sería capaz de gastar si estuviera
cubierto de vegetación, como la mala distribución anual de las
lluvias. Este clima, relativamente poco extendido en el mundo, no
facilita el encuentro fructífero entre el agua y el calor para
hacer que se desarrolle la vegetación, como ocurre, por ejemplo, en
los climas monzónicos o en los húmedos, tanto fríos como
tropicales. De ahí que los cultivos, como las plantas en general,
hayan tenido que adaptarse a la sequía estival propia del clima
mediterráneo, sacando el mayor partido posible de los períodos en
los que la humedad y la temperatura les permite prosperar. Pero a
la irregularidad estacional de las lluvias se suma otra interanual
no menos grave: es corriente que se sucedan períodos de años
"buenos", es decir con precipitación abundante, con períodos de
años "malos". Ambas irregularidades hacen de la sequía (y, en
ocasiones, de la lluvia torrencial) el azote típico de las zonas de
clima mediterráneo. Se estima que unos 40 millones de hectáreas
están sometidos a este clima en nuestro país o a otro todavía más
seco (el clima desértico dominante en zonas del sureste, parte del
valle del Ebro y áreas menores de la submeseta norte). Como
contraste, existen también en él cerca de 8 millones de hectáreas
de clima húmedo (en la cornisa cantábrica, Galicia, el Pirineo y
altas montañas del interior) y cerca de 2 con clima de transición
entre el húmedo y el mediterráneo.
La situación climática esbozada en el párrafo anterior se traduce
en que en el conjunto de las cuencas hidrográficas del norte y de
Galicia acostumbra a llover anualmente el doble de lo que sería
capaz de gastar en ellas la vegetación. Sin embargo, en todas las
otras cuencas, la precipitación media anual no permitiría abastecer
el gasto de una vegetación permanente que cubriera todo su
territorio, siendo así todas ellas deficitarias, aunque unas lo
sean más que otras. Como es sabido, las cuencas del sureste son las
más deficitarias: si se cubrieran de vegetación permanente, las
plantas gastarían anualmente en "evapotranspiración" el doble del
agua que se recibe por precipitación.
Al mencionado desequilibrio en cantidad que separa la España húmeda
de la seca, se añade otro no menos importante en la calidad natural
del agua disponible. Porque la mala calidad de las aguas suele
acompañar a la poca cantidad, observándose un gradiente de
deterioro de la calidad natural del agua a medida que su cantidad
disminuye desde el norte húmedo hacia el sureste árido. Por
ejemplo, mientras que en los ríos del norte de la Península el agua
sale a los mares con cerca de cien miligramos de sales por litro,
siendo por lo tanto prepotable, en las cuencas del sureste sale con
miles de miligramos/litro, siendo ya inadecuada para beber e
incluso para regar.
Evidentemente la irregularidad estacional e interanual antes
mencionadas agravan esta situación haciéndola más inequívoca. Todas
las cuencas hidrográficas presentan un déficit natural de agua de
calidad, con la excepción de las del Norte y Galicia: en ninguna de
ellas puede decirse que "sobre" agua, ya que para que pueda sobrar
hay que dejar sin vegetación parte del territorio. O, dicho de otra
manera, el que haya o no excedentes de agua de calidad depende de
la política de cultivos y repoblaciones forestales, amen de evitar
en ellas otros gastos cuantiosos o usos contaminantes.
En suma, que en las únicas cuencas en las que puede decirse de
verdad que sobra agua por razones climáticas, son las del Norte y
de Galicia. Pero el problema de corregir con cargo a ellas el
"desequilibrio hidrológico" de España es prácticamente inviable,
debido a las dificultades que plantea una orografía poco propicia
y al hecho de que el agua se distribuye en muchas cuencas cortas y
pendientes, que desaguan enseguida en el mar. De ahí que siempre
que se habla de trasvases se piense en el resto de las cuencas que,
como hemos visto, son todas deficitarias desde el punto de vista
climático: en todas ellas el agua es un factor limitante para el
desarrollo de la vegetación y las actividades humanas.
Todo ello denota que los posibles trasvases de agua alcanzan, en la
mayoría de los casos, una dimensión socioeconómica y no sólo
técnica: no se trata de resolver técnicamente el planteamiento
decimonónico de tomar de un territorio un recurso excedentario para
llevarlo a otro que es deficitario, sino de discutir la
conveniencia de utilizar un recurso naturalmente deficitario en un
territorio o en otro. No cabe más que distribuir esta escasez de
origen climático, pero para ello hay que obligar o convencer a la
población de las cuencas cedentes a que renuncien a usar el agua en
su propio territorio, limitando sus repoblaciones y riegos o la
implantación de usos del agua muy consuntivos o contaminantes. Lo
que ocurre es que esto no se dice con claridad y se mantiene la
ficción de que "sobra" agua y se calculan los "excedentes" de ese
agua sobrante en muchas de estas cuencas. Así se hace, por ejemplo,
en el Libro blanco del agua, donde se estiman distintos tipos de
excedentes trasvasables. En este caso, no obstante, un análisis más
fino de lo habitual advierte de la existencia de sistemas de
explotación deficitarios y con riesgo de escasez en el seno de las
cuencas supuestamente excedentarias y, sobre todo, se matiza que
"el juicio sobre el carácter excedentario se refiere a los usos
actuales,... por lo que cualquier decisión sobre transferencia de
recursos deberá también tener en cuenta los usos potenciales o
futuros que puedan aparecer y, en consecuencia, matizar el carácter
excedentario del sistema de que se trate". Por ejemplo, la continua
expansión de los regadíos en la Meseta va camino de recortar cada
vez más los excedentes trasvasables. ¿Quién iba a pensar que la
obra más emblemática orientada a corregir los desequilibrios
hídricos del país, el trasvase Tajo-Segura, iba a encontrarse a su
paso por la llanura manchega con 150.000 hectáreas de nuevos
regadíos que sobrexplotan las aguas subterráneas? ¿Quién iba a
imaginar que La Mancha podía devenir tan deficitaria y con
perspectivas de desabastecimiento futuro tan graves, que dejan
pequeño al trasvase Tajo-Segura como medio de abastecer la escalada
de regadíos muy consuntivos producida en esa zona?
En general, cabe advertir que la expansión generalizada de los usos
consuntivos del agua observada en todo el territorio hace que los
cauces lleven cada vez menos agua y que los "excedentes" se
desinflen día a día, a la vez que las desmesuradas exigencias
futuras fuerzan la escasez en todos los territorios. Cuando tras un
siglo de grandes obras hidráulicas promovidas por el Estado, no se
han conseguido satisfacer las exigencias de agua de la población,
ni erradicar los efectos nocivos de la sequía, pero sí deteriorar
gravemente la hidrología superficial y subterránea del país,
deberíamos reflexionar sobre los efectos colaterales perversos que
conlleva el camino de gestión adoptado, a fin de corregirlos en vez
de persistir en ellos.
Hace más de un siglo, cuando la dotación de obras hidráulicas era
muy escasa y estaban todavía por regular las grandes cuencas de un
país con una hidrología tan irregular como el nuestro, parecía
generalmente justificado acordar a las obras de regulación
promovidas por el Estado una clara función pública. Y cuando
estaban la mayoría de las vegas por regar, el potencial
hidroeléctrico por aprovechar y las viviendas por abastecer,
parecía lógico estimar también de utilidad pública fomentar la
ampliación de dichos aprovechamientos y, muy particularmente, del
regadío. A la vez que la parquedad del consumo de agua permitía ver
enormes excedentes en los principales ríos a su paso por la Meseta
e idealizar las ventajas de promover su trasvase hacia el Sureste
más templado y árido.
Sin embargo, cada vez tiene menos sentido este proceder que se ha
venido arrastrando por inercia. Cuando nuestro país tiene ya una
espectacular dotación de infraestructuras hidráulicas, alcanzando
el record mundial en el porcentaje de superficie geográfica ocupada
por embalses, no sólo decae la eficiencia y se dispara el coste
económico y ecológico de las nuevas obras hidráulicas, sino que se
aprecia que esta política genera efectos perversos. El continuado
empeño en resolver situaciones de carencia a golpe de obras,
contribuyó a expandir la escasez socialmente provocada, originando
una espiral de insatisfacción y deterioro que todavía no se ha
logrado cortar. En efecto, al alimentar con cargo al presupuesto
del Estado una política de obras hidráulicas de oferta de agua a
bajo precio, se promovieron implícitamente prácticas de gestión y
usos del agua muy dispendiosos, sin que las administraciones
responsables de su gestión trataran de ponerles coto, ya que, dando
por buenos estilos de vida y actividades cada vez más exigentes en
agua, se generaban nuevas escaseces que justificaban a su vez
nuevas inversiones y obras en su área de competencias.
Se agudizaron así los conflictos, al transmutar la cultura
tradicional que ayudaba a la población a convivir con la escasez e
irregularidad de las aguas propias del clima mediterráneo, en
expectativas de abundancia sin límite y en la despreocupación por
la eficiencia en el uso del agua y por el coste de los proyectos,
que sólo tardíamente se empezó a repercutir entre los usuarios.
Este proceder irresponsable ha convertido a los planes hidrológicos
en una especie de "carta a los Reyes Magos" en la que los usuarios
potenciales de cada cuenca piden al Estado que haga las obras
necesarias para concederles nuevos caudales, sin el necesario freno
de especificar su compromiso de pagar los costes de realización y
de preocuparse por los daños sociales o ambientales que pudieran
ocasionar. Esto ocurrió con el Plan Hidrológico propuesto en 1993
y ha seguido ocurriendo con el actualmente en curso, que tampoco
consiguió aprobarse, al quedar varado en el marasmo de
contradicciones que generaban unas "demandas" que, entre otras
cosas, sobrepasaron el millón de hectáreas de nuevos regadíos. Los
planes de cuenca tendieron a inflar en ambos casos los horizontes
de demanda que resultan de dar rienda suelta a los deseos emitidos
por políticos y demás representantes de los beneficiarios locales,
entrando en una negociación viciada desde el origen, en la que se
mezclan confusamente límites presupuestarios, con consideraciones
técnicas y forcejeos políticos. En vez de iniciar su razonamiento
viendo el agua que podría desviarse del ciclo hidrológico hacia los
posibles usos sin ocasionar graves deterioros ecológicos, la
planificación razona a partir de unas demandas cada vez más
infladas, para proyectar después las inversiones necesarias para
abastecerlas, sin reparar en sus consecuencias. El principal
problema actual reside en deshacer buena parte del camino
erróneamente andado, recreando una cultura que ayude a aceptar el
agua verdaderamente disponible en nuestro territorio y a
gestionarla en régimen de escasez apoyada ahora, no tanto en
limitaciones físicas, como en consideraciones económicas, sociales
y ecológicas. Para ello, siendo la agricultura la principal y más
insaciable demandante de agua en razón de los condicionantes
climáticos antes mencionados, que absorbe ya el 80 % de los usos
consuntivos del país y exige nuevos trasvases, no está de más
rememorar someramente la tradicional adaptación de los usos
agrarios a las vocaciones del territorio peninsular, subrayando
después el grave desajuste que hoy se observa entre ambos.
Siendo el agua la primera materia prima en tonelaje utilizada en la
fotosíntesis, la agricultura tradicional se ha ocupado en gran
medida de adaptar sus aprovechamientos a la humedad del suelo
propia de las distintas zonas climáticas. A la peculiar diversidad
de climas, suelos, ambientes y ecosistemas, propia de la Península,
le ha correspondido una gran variedad de aprovechamientos y
paisajes agrarios, además de facilitar el aprovechamiento de
terrenos complementarios mediante una extensa red de vías pecuarias
que facilitaba el desplazamiento de los rebaños en busca de
alimento, como hacen muchas especies en su medio natural. De Norte
a Sur cabe mencionar, un Norte húmedo más pecuario y forestal que
agrícola, ya que el régimen de humedad y las temperaturas
relativamente suaves favorecen, en las zonas de monte, el bosque de
frondosas, y en los valles, la cobertura vegetal continua que
requiere el ganado, admitiendo como complemento cultivos propios de
zonas húmedas (como el maíz, la patata, las judías o los nabos). En
la zona de clima mediterráneo, los "cereales de invierno" (el trigo
para alimentación humana y la cebada para el ganado) se presentan
como ejemplo de cultivos idóneos para aprovechar el agua
disponible: se apresuran a madurar, terminando su ciclo de vida
activa antes de que llegue la sequía del verano. Avanzando hacia el
Sur y el Este de la Meseta, a medida que la humedad disminuye y la
temperatura aumenta, cobran importancia una gama de cultivos
leñosos cada vez menos exigentes en agua (viñedo, olivar, almendro,
algarrobo) cuyo marco de plantación se ahueca a medida que se
empobrece la reserva del suelo en agua y nutrientes. Y, cuando se
hace difícil cultivar, en zonas marginales, se extiende el complejo
agro-silvo-pastoril y cinegético del monte mediterráneo más o menos
adehesado, donde las razas ganaderas autóctonas aprovechan la
hierba de los pastos y los brotes tiernos del matorral xerofítico,
además de la algarroba, la acebuchina y la bellota. Junto a esta
adaptación generalizada de los aprovechamientos agrarios a las
disponibilidades de agua de los suelos, el regadío se difundió
tempranamente en zonas de clima mediterráneo y semiárido de
Sureste, en las que el salto entre los rendimientos de secano y los
de regadío eran mayores. Pero su extensión quedó limitada por el
manejo del agua por gravedad, o por la escasa capacidad impulsora
de las norias, y además tenía en muchos casos un carácter
irregular, adaptado a las irregularidades climáticas.
Los potentes medios actuales de perforación, bombeo y conducción de
agua a presión, unidos a la capacidad de la moderna maquinaria para
la realización de grandes obras hidráulicas promovidas por el
Estado, expandieron el regadío por todo el país, dando al traste
con la adaptación secular de los sistemas agrarios a las vocaciones
de los territorios y generando unas exigencias sin precedentes,
cuya obtención lleva la sobrexplotación y el deterioro ecológico
más allá incluso de los propios territorios demandantes. Cuando
vemos cultivos propios de clima húmedo, como el maíz o la alfalfa,
extenderse durante el verano por las tórridas llanuras manchegas,
o árboles tan ávidos de agua como el eucaliptus y el chopo ocupar
montes y vegas en Andalucía y Extremadura, nos damos cuenta de que
se ha perdido el Norte. Al ignorar las vocaciones de los
territorios se multiplican así usos del agua tan
descontextualizados que, no sólo resultan ineficientes, sino
también a veces extravagantes e incluso surrealistas (¿quién no ha
visto emerger como hongos los campos de golf en zonas desérticas
del Sureste?). Al haber ampliado la escasez y avidez de agua
socialmente provocada, se han agravado los conflictos por su
reparto tanto entre regiones, como entre usuarios locales
(recordemos las "guerras de pozos" que acompañan a la
sobrexplotación de las aguas subterráneas).
El caso del trasvase Tajo-Segura resulta ejemplar en este sentido:
habiendo sido proyectado para trasvasar 1.000 Hm3 anuales,
recordemos que durante el último período de sequía se desató un
duro conflicto al negarse el Presidente de Castilla-La Mancha a
trasvasar 50 Hm3. El Ministro de Obras Públicas tuvo que zanjar
autoritariamente el conflicto consiguiendo que el Consejo de
Ministros aprobara, por fin, el trasvase de esa cantidad, que
apenas representaba el 5% de aquella para la que se había
dimensionado el canal. Y ello a costa de recortar tan drásticamente
el "caudal ecológico" del Tajo a su paso por Aranjuez, que tuvo que
suprimirse en las fiestas del lugar el tradicional recorrido en
barca de la imagen [1] habida cuenta lo reducido y pestilento del
cauce de ese río, teóricamente excedentario. A la vez, se producía
la clamorosa protesta de los agricultores de Murcia, pidiendo el
agua prometida, ya que se veían obligados a abrir "pozos de sequía"
para seguir sobrexplotando las aguas subterráneas con tal de salvar
los cultivos e incluso las plantaciones de árboles frutales que se
habían disparado al calor de las expectativas de abundancia de agua
que generaron las impresionantes infraestructuras del Trasvase, hoy
a todas luces sobredimensionadas (originando costes del metro
cúbico trasvasado superiores a los previstos, sólo parcialmente
repercutidos sobre los usuarios).
El ejemplo del Trasvase Tajo-Segura pone de manifiesto que estas
operaciones pueden generar más desequilibrios y conflictos de los
que pretendían resolver. El último y más aberrante proyecto de
trasvase aprobado por el anterior gobierno socialista, y no
desautorizado por el actual, es el previsto desde la cabecera del
Tajo para abastecer a los municipios de La Mancha y sus "espacios
protegidos", mediante una red de abastecimiento unificado que se ha
proyectado haciendo abstracción de los recursos y de los embalses
e infraestructuras locales, que están alimentando enormes
superficies irrigadas con usos del agua muy poco eficientes: la
obtención de un kilo de maíz, por ejemplo, está exigiendo una
tonelada de agua. Semejante política, lejos de empujar hacia una
gestión sostenible de los recursos de que se dispone, aviva el
actual comportamiento irresponsable de usuarios y gestores,
encaminado inequívocamente hacia el deterioro del patrimonio
hidráulico de la colectividad.
Otro ejemplo de proyecto de trasvase sobredimensionado que hace
abstracción de los recursos e infraestructuras actuales, es el
proyectado desde el Ródano para Barcelona. Se dimensiona como si la
población actual no estuviera ya siendo abastecida por otros
medios. Se hace caso omiso a las posibilidades que podría brindar
el ahorro, la mejora en la eficiencia de los usos, la depuración y
planificación de usos sucesivos del agua,... además de la
desalación de aguas salobres o marinas. Cabe señalar que, tras
haber desaparecido con la "reconversión" industrias muy
consumidoras de agua del subsuelo, el nivel freático de Barcelona
está aumentando, exigiendo cada vez más bombeos para evitar que se
inunden la red de metro y los aparcamientos subterráneos. No deja
de ser paradójico que se pretenda traer agua del Ródano a una
ciudad que se está inundando de agua. Y es que la pretensión de
acometer tan grandiosos proyectos no estriba tanto en abastecer
ciertos usos, como en obtener pingües beneficios ligados a la
realización de las enormes inversiones requeridas.
Dentro de la geografía nacional, a los problemas que plantean el
Duero y el Tajo como fuente de trasvases, se añade la dificultad
insalvable de ser ríos transfronterizos, cuya derivación de
caudales afecta a Portugal, lo que hizo volver sobre todo los ojos
hacia el caudaloso Ebro. Pero también aquí nos encontramos con
problemas. El delta del Ebro, un sistema amenazado, reza el título
del libro recientemente aparecido de Ibáñez, Prat, Canicio y Curcó
[Ibáñez, Prat, Canicio y Curcó, 1999]. En este libro se advierte que
el aumento de las intervenciones y los usos del agua en la cuenca
fueron reduciendo sus aportaciones en cantidad y calidad y están
provocando el progresivo deterioro de los ecosistemas del delta.
Este deterioro se observa ya con los niveles de uso actuales en la
cuenca, que se revela así deficitaria y no excedentaria, como
habitualmente se clasifica para justificar nuevas extracciones y
trasvases, que la someterían a un deterioro mucho más grave e
inmediato. En este contexto, cada vez que se declara "de interés
nacional" otorgar nuevos caudales a una zona mediante una nueva
gran obra, se están declarando implícitamente de "desinterés
nacional" otras muchas zonas que se ven de una manera o de otra
perjudicadas. Una gestión razonable pasa por tener en cuenta las
consecuencias que entrañan los proyectos, no sólo sobre los
usuarios actuales y potenciales, sino también sobre terceros,
afectados por la disminución en cantidad y calidad de las aguas y
el deterioro de los ecosistemas y paisajes a ellas vinculados.
Hay que subrayar, además, que seguir forzando la explotación de las
cuencas haciendo caso omiso del progresivo deterioro ocasionado en
las mismas, se revela en franca contradicción con la
Directiva-Marco del Agua de la Unión Europea, que hace suyo el
principio de protección de la calidad de las aguas superficiales y
subterráneas y de los ecosistemas vinculados a ellas, tomando la
cuenca hidrográfica como unidad de gestión. Como señalamos,
apoyándonos en el caso aparentemente más "excedentario", el del
Ebro, es evidente que se está incumpliendo esta norma y que la
presión de los usos actuales, por extracción y contaminación, ha
provocado el deterioro tan generalizado de nuestros cauces y
acuíferos, que no sólo alcanza a los más caudalosos del norte de la
meseta, sino también a los de la propia España húmeda. Y las
grandes operaciones de trasvase no apuntan a solucionar tal estado
de cosas. Así se estima en un informe sobre la cuenca beneficiaria
del gran trasvase ya realizado: El río Segura: historia de una
transformación, elaborado por la "Comisión pro río", que clama por
la regeneración de esa cuenca cada vez más degradada y deficitaria.
Tras señalar, entre otras cosas, que "los trasvases generaron (en
ella) perspectivas sociales y económicas que desembocaron en un
crecimiento indiscriminado de las superficies de regadío, que
provocó un déficit hídrico permanente", se concluye que "sería
inconsecuente proponer, como alternativa a la escasez de agua, los
aportes de caudales foráneos que, lejos de ofertar soluciones,
desplazarían simplemente el problema hacia el futuro". "Estimamos
(continúa el documento) mucho más eficaz una nueva política de
agua, que gestione los caudales existentes, ampliando la oferta de
usos y articulando nuevas estrategias de menor impacto ambiental,
encaminadas a paliar los eventuales períodos de sequía climática;
por ejemplo, mediante la puesta en funcionamiento de centrales
desalinizadoras o la reutilización de caudales en condiciones de
calidad".
Por otra parte, el empeño de la política tradicional de obras
hidráulicas en promover grandes operaciones de trasvase entre
lejanas cuencas, contrasta con las trabas que pone el régimen de
concesiones vigente a los trasvases entre usuarios próximos
libremente acordados. La rigidez de las actuales concesiones
finalistas ha sido, así, una fuente continua de ineficacia, al
propiciar la pérdida del agua no utilizada por el concesionario y
desalentar el ahorro, sobre todo en los regadíos en los que es
frecuente el pago de tarifas por hectárea y no por la cantidad de
agua utilizada. Siendo la irregularidad característica de nuestra
hidrología, la flexibilidad en el trasvase de agua entre usuarios
y concesionarios debería de ser un instrumento de primer orden para
asegurar el abastecimiento de los usos prioritarios: su garantía
podría apoyarse en el colchón de seguridad ofrecido por el agua
destinada a los cultivos de temporada que usan el agua con menos
eficiencia y rentabilidad. Las restricciones en el abastecimiento
de las ciudades, tan frecuentes durante los años de sequía, son el
exponente de la mala gestión, y no tanto de la escasez física de
agua, cuando ésta se destina masivamente a regar en zonas próximas
cultivos altamente ineficientes. Este exponente de mala gestión
culminó cuando, durante los últimos años secos, la Administración
trataba de "salvar" el abastecimiento de ciudades rodeadas de miles
de hectáreas de regadío llevándoles el agua en barcos o trenes
desde lugares muy alejados.
En otros países existe amplia experiencia de acuerdos voluntarios
entre agricultores de regadío y otros usuarios de mayor rango para
transferirles total o parcialmente sus disponibilidades de agua en
momentos de dificultad, recibiendo como contrapartida ingresos que
los resarcen holgadamente de los perdidos por la cesión. Los
instrumentos utilizados para facilitar estos acuerdos son variados
y van desde la creación de "bancos de agua" regidos por la
Administración, hasta posibles mercados de futuros [Arrojo, P. y
J.M. Naredo, 1997]. En España existen también experiencias de este
tipo que han tenido que luchar contra una normativa poco propicia.
Curiosamente el agua que se llevó en barco a Mallorca, con veinte
mil hectáreas de regadío en la isla, procedía de la cesión
voluntaria de una comunidad de regantes de la Península [Erruz.
J, 1997].
Dar mayor flexibilidad al régimen concesional para promover el
trasvase voluntario entre usuarios próximos, parece un paso
bastante más elemental y previo que entrar en el terreno mucho más
costoso y problemático de forzar políticamente grandes operaciones
de trasvase a larga distancia. Aunque estos trasvases entre
usuarios reasignen sólo una fracción modesta del agua utilizada,
ejercen una función beneficiosa sobre la gestión del agua en su
conjunto, al revalorizarla como recurso, promoviendo usos más
ahorrativos y eficientes, al revés de los ocurrido con las grandes
operaciones de trasvase promovidas desde el Estado.
Aunque la política de obras hidráulicas hasta ahora dominante
perdió credibilidad ante las irracionalidades que afloraron durante
el último período de sequía y el Partido Popular se unió al aluvión
de críticas que impidió la aprobación del Plan Hidrológico de 1993,
una vez en el Gobierno, fue pasando la legislatura sin que se
promoviera con el necesario vigor el paso de una política de
fomento de obras hidráulicas a otra que privilegiara la gestión del
agua como recurso. Las tribulaciones de una planificación
hidrológica todavía pendiente, dan buena cuenta de ello, así como
el hecho de que el Libro blanco del agua, prometido para abrir una
amplia discusión sobre el tema al principio de la legislatura
saliera a duras penas, consensuado, al final de la misma. Con todo,
este libro subraya "la crisis del modelo tradicional de la política
hidráulica española" y abre el camino hacia otros modelos de
gestión. Por otra parte, la flexibilización del régimen concesional
figura como estrella entre las Modificaciones recientemente
introducidas por el Gobierno en la Ley de Aguas de 1985. Esperemos
que ello facilite el trasvase voluntario de agua entre usuarios
próximos, enfriando así el empeño de políticos, técnicos y
empresarios de forzar a la realización de otros trasvases tanto más
grandiosos cuanto social y ecológicamente problemáticos. En este
sentido resulta revelador que el Libro blanco del agua termine
indicando, en su última página, que "la decisión sobre el tema de
los trasvases no puede ser, en ningún caso, un empeño unilateral de
la Administración Hidráulica, sino que debe de ser fruto de un
compromiso esforzado de los actores sociales y las Administraciones
Públicas implicadas...contando, con carácter previo y concomitante,
con el apoyo activo, en todos los ámbitos, de los sectores
afectados y beneficiarios potenciales".
El problema estriba en que hoy se carece del marco institucional y
de la voluntad política necesarios para promover una discusión
amplia de estos temas que ayude a acordarlos o descartarlos, con la
participación de todos los afectados y considerando todas las
posibles alternativas de gestión y abastecimiento. Sólo una
discusión libre de este tipo permitiría hablar en serio de
solidaridad, de la que se ha venido hablando instrumentalmente,
para justificar la imposición de determinados proyectos (como el
trasvase Tajo-Segura). Pero desbloquear esta situación exige
culminar el paso desde la política de obras hidráulicas (de oferta)
hasta ahora predominante, hacia otra que trate de gestionar el agua
como recurso en régimen de escasez, superando el antiguo
paternalismo intervencionista que, junto con el agua, ha traído la
irresponsabilidad entre los usuarios.
Referencias bibliográficas
Erruz, J. (1997) "Reasignaciones, concesiones sucesivas y
aprovechamientos compartidos" (en López-Galvez, J. y J.M. Naredo
(eds.) La gestión del agua de riego, Fund. Argentaria y Visor
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Arrojo, P. y J.M. Naredo (1997) La gestión del agua en España y
California (Bakeaz, Bilbao) .
Ibáñez, Prat, Canicio y Curcó (1999) El delta del Ebro, un sistema
amenazado (Bilbao: Ed.Bakeaz) .
Fecha de referencia: 31-10-1999
| Boletín CF+S > 11 -- Especial: EL AGUA Y LA CIUDAD > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n11/ajnar.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
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