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«Biocombustibles»: claves para el análisis
Madrid (España), 30 de junio de 2008.


Prefacio

Mariano Vázquez Espí
Madrid (España), 30 de junio de 2008.

«Resulta fútil la soberbia que invadió a algunos al saber que hacia el 2000 podríamos ser capaces de alimentarnos con proteínas derivadas del petróleo. Más plausible resulta pensar que, al contrario, el hombre tendrá que obtener gasolina a partir de cereales (si quiere seguir usando motores)»

Nicholas Georgescu-Roegen, 1971

La crisis energética y las distintas estrategias de mitigación y adaptación al desorden climático han espoleado la producción de agrocombustibles, esto es, combustibles producidos industrialmente a partir de cultivos agrícolas. Y a renglón seguido ha surgido el debate acerca de las ventajas e inconvenientes de su empleo. Es ocioso recordar que distintos intereses monetarios acompañan al debate (futuros beneficios, subvenciones públicas para investigación y producción, etc), pero hay que hacer notar que en el debate se utilizan de forma frecuente espacios publicitarios a página completa, lo que da una elocuente idea de la magnitud de tales intereses. También es ocioso recordar que el uso comercial del término «biocombustible» choca con la legislación europea sobre el empleo del prefijo bio-, pues la Comisión Europea parece mirar para otro lado ante el incumplimiento de su propia legislación.

Es inútil intentar resumir las distintas ramificaciones del debate tanto por la extensión que supondría como por la multitud de precisiones que exigiría una exposición racional del mismo. Baste señalar que el debate ni siquiera versa sobre una cuestión precisa: ¿Se trata de sustituir combustibles fósiles por agrocombustibles o de aumentar la disponibilidad global de combustibles para el transporte? ¿De aprovechar la mayor rentabilidad monetaria de los cultivos energéticos (dados los precios actuales del petróleo y las subvenciones disponibles) o de volver productivos suelos supuestamente ociosos?

En general, las discusiones se han centrado en el rendimiento del proceso de producción de algún producto concreto: «bioetanol», «biodiesel», etc. La tesis central sería que si la producción de, por ejemplo, etanol requiere consumir menos energía fósil que la energía que su combustión puede proporcionar, estaríamos ante una fuente sostenible de cara al futuro y, sobre todo, al presente de un petróleo que se encarece y se agota de manera sostenida. La discusión de esta tesis es compleja debido a que la producción de etanol o diesel a partir de cultivos es un proceso industrial complejo, y analizar el ciclo de vida correspondiente no es tarea sencilla dada la variedad de inputs y outputs involucrados. Pero, además, se trata de una discusión probablemente inútil pues cuando hablamos de agricultura no sólo hablamos de energía, hablamos también de suelo, de agua, de pesticidas, etc, factores productivos que según los casos pueden tener mayor influencia en el rendimiento global del ciclo que los propios factores energéticos.

Los dos artículos que hemos seleccionado para este documento representan bien este punto de vista: antes de hacer cuentas complejas de la parte más industrial del ciclo de producción y consumo de agrocombustibles, examinemos los grandes números (aunque sean groseros) del ciclo global. Pues si el resultado de estas pesquisas muestra que perdemos más que lo que ganamos nos podríamos ahorrar esas otras cuentas más complicadas pero que, a la postre, ya no resultarían pertinentes.

Se trata de dos trabajos bien fundamentados que centran el debate en las cuestiones importantes. Cabe esperar que no conciten acuerdo unánime, pero nuestro propósito al ofrecerlos como documentos clave es evitar que el debate se disperse por las ramas, robándonos el tiempo discutiendo sobre matices a la vez que ignoramos los fundamentos. En particular no se busque aquí ninguna información sobre si la producción de agrocombustibles tiene o no influencia en la actual subida del precio de los alimentos: a fin de cuentas los precios monetarios en muchas ocasiones nada tienen que ver con los costes físicos y, en cualquier caso, se fijan hoy por hoy por aquellas instituciones con suficiente poder para hacerlo. Para averiguar algo sobre precios lo que hay que vigilar son los mercados financieros (mercados en los que la mayoría de la humanidad ni siquiera podemos entrar).[1]

Antonio Estevan acomete un análisis planetario, considerando los grandes rubros de la oferta y la demanda de combustibles dedicados al automóvil, llegando a una conclusión importante: el fomento de los agrocombustibles aumentará las emisiones de gases con efecto invernadero al ayudar al crecimiento sostenido del uso del automóvil. Una conclusión que no depende del mayor o menor rendimiento micro de la propia producción de los agrocombustibles. De hecho, la única forma de reducir tales emisiones sería adoptar la estrategia de sustituir combustibles fósiles por agrocombustibles (con alguna forma de racionamiento del consumo que no se vislumbra en el horizonte), estrategia cuya inutilidad salta a la vista en cuanto se consideran otros factores limitantes como los requerimientos totales de suelo o agua para tal sustitución.

En este sentido conviene no dejarse engañar por las apariencias: ¿Que la Unión Europea fija el uso de agrocombustibles en el 10%? Pues ese, en apariencia, loable objetivo puede significar cualquier cosa: si el uso total de combustibles aumenta por ejemplo un 20%, el consumo de combustibles fósiles seguiría aumentando incluso si se cumpliera el objetivo en lo que toca a los agrocombustibles que, simplemente, harían posible un poco más de la mitad de ese aumento.

Oscar Carpintero aporta, entre otras cosas, un análisis local, centrado en un país, España, para mostrar que tan importante o más que el rendimiento de la producción de los agrocombustibles o de la agroenergía (en el caso de la biomasa), es el rendimiento potencial de las materias primas involucradas. ¿Qué resultará más beneficioso para el país: quemar la biomasa o devolverla al suelo en forma de nutrientes? Su conclusión, en el caso de España, país sujeto a procesos de erosión, pérdida de fertilidad, y desertificación, es también muy clarificadora: obtendremos mayores réditos abonando nuestros campos con nuestros residuos orgánicos que quemándolos para obtener cantidades marginales de energía.

La posibilidad técnica de los agrocombustibles era bien conocida en el pasado: el alcohol del vino, las lámparas de aceite, el gas de fermentación (nuestras flatulencias sin ir más lejos), el uso de los excrementos como estiércol o como combustible (la bosta utilizada para cocinar en África), etc. Pero la observación citada de Georgescu-Roegen (¡1971!) ya contenía un matiz importante que no debemos olvidar: si queremos seguir viendo crecer el número de motores a nuestra disposición así como el uso que de ellos hacemos, estaremos condenados a entregar a cambio nuestra comida.

Referencia

Georgescu-Roegen, Nicholas  (1971)   The Entropy Law and the Economic Process   s.c.: Harvard University Press (Hay traducción castellana: La Ley de la Entropía y el proceso económico. Madrid: Fundación Argentaria - Visor, 1996.) 

Notas


[1]: Cabe, de todas formas, advertir del poco rigor con que los economistas ortodoxos tratan la cuestión de los precios. Por ejemplo en la página 4 del diario El economista del 30 de junio de 2008 (v. III, n. 722, Madrid), se dice textualmente: «El objetivo de la UE --10 por ciento para el 2020-- exige un crecimiento en el consumo de productos agrícolas para biocarburantes de 4 millones de toneladas anuales. En 2006, de acuerdo con cifras de la FAO, el consumo global de cereales fue de 2.200 millones de toneladas por año. Es difícil de entender cómo una demanda de 4 millones de toneladas por año podría afectar al precio de un mercado de 2.200 millones.» Se trata de un tipo de argumento frecuente en las páginas salmón.

No tengo una opinión formada sobre si los agrocombustibles influyen significativamente en el presente incremento del precio de los cereales, pero desde luego no me extraña que al autor le resulte difícil entender nada, dada la manera tan confusa con que maneja los números. Vayamos por partes, por lo que pueda tener de pedagógico.

Los anteriores equívocos, que son graves desde la pura aritmética, no impiden de todas formas entender como una pequeña cifra puede influir de forma notable sobre un gran mercado: a fin de cuentas todos los días vemos en las bolsas como el intercambio de unas pocas acciones respecto del total de las negociables puede alterar sustancialmente el precio de todas ellas; algo que ha ocurrido en España recientemente no sólo con acciones, también con el mercado inmobiliario. Me temo que la consecuencia a la que el autor quiere llegar ya la sabe de antemano: y simplemente construye un argumento para justificarla, más pendiente de su eficacia retórica que de su racionalidad.


Edición del 17-9-2008
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